Cuento: Se descubre la ciudad de Moroni.

Precuela del cuento “El primer día sin la iglesia”.

A mediados del siglo XXII, 96 horas antes del colapso de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Un breve momento después de que el avión privado, propiedad de Neal A. Maxwell Institute, despegara de forma perfecta desde el Aeropuerto Internacional de Salt Lake City rumbo a Honduras, el capitán informó a su único pasajero de que ya podía moverse libremente por la aeronave y usar dispositivos electrónicos.

Ese era el momento que Tom Ferguson estaba esperando; aunque ya lo había hecho incontables veces, aún así volvió a abrir y encender su computadora portátil con inquietud y nuevamente analizaba la modelación arqueológica sintiendo una mezcla de incredulidad, nerviosismo y felicidad. Los datos y los resultados eran inequívocos: había descubierto la ciudad de Moroni; sí, aquella ciudad hundida en las profundidades del mar que se relata en Tercer Nefi 8 versículo 9.

El modelo matemático usado y las distintas variables ambientales, culturales y de conservación, las pruebas de carbono, todo arrojaba siempre el mismo resultado: Una gran catástrofe natural y el hundimiento de Moroni entre los años 33 y 34 de la era cristiana.

Tom no supo cuantas veces revisó la modelación y las fotografías tomadas en el lecho submarino. Con satisfacción abría el software que restauraba y traducía los petroglifos hallados y el resultado era siempre el mismo: la hermosa palabra Moroni.

Luego llegó la azafata y osó interrumpir su trabajo ofreciéndole un aperitivo. ¿Acaso esta mujer no sabía que estaba ante el descubrimiento más importante del siglo?, ¿que esto ya no eran tradiciones y leyendas orales que trataban de confirmar la veracidad del Libro de Mormón?, ¿que ya no se trataba de planchas iraníes que asemejaban ser las planchas del Libro de Mormón?

Esto ya no eran similitudes supuestas ni conjeturas, esto era evidencia empírica e irrefutable. Con esto se ponía fin a toda disonancia cognitiva. Bueno, a decir verdad, la azafata no lo sabía, es por eso que Tom reaccionó y aceptó el aperitivo que le ofrecía la azafata.

Mientras comía y bebía, Tom visualizaba en su mente los premios y reconocimientos que recibiría pronto, las conferencias de prensa que tendría que dar, los libros que escribiría, su rostro en las portadas de las principales revistas científicas del mundo: Nature, Science, National Geographic, BBC Mundo Ciencia y otras. Después de todo, había sido él quien dirigió el equipo de investigación por muchos años, él había sido el jefe de arqueólogos, y por sobre él solo se encontraba el Director Ejecutivo de Neal A. Maxwell Institute (y por sobre el director ejecutivo se encontraban las autoridades de la Universidad Brigham Young, y por sobre ellos, las autoridades generales de la iglesia).

Al acabar el aperitivo, Tom recordaba su juventud, cuando hacía preguntas acerca del Libro de Mormón y repetidamente se le respondió: “Eso no es necesario para tu salvación”, “lo sabremos en el milenio”, “Preguntar eso te puede llevar a la apostasía”, “caminamos por fe”, “la fe es la certeza de las cosas que no se ven”, “la obediencia es la primera ley de los Cielos” y otras respuestas más complejas que le dieron sus maestras de seminarios, instituto e incluso compañeros de misión. Fue por eso que Tom Ferguson se decidió a estudiar arqueología y consagró su carrera a encontrar nefitas, lamanitas y jareditas, usando como referencia El Libro de Mormón.

De repente, el capitán interrumpió los pensamientos de Tom Ferguson.

Tripulación, les habla el capitán, nos hallamos cruzando Nuevo México, las condiciones climáticas son ideales, llegaremos sin escalas hasta el Aeropuerto Internacional de La Ceiba. Esperamos que disfrute del vuelo. Cambio y fuera.

El sol brillaba en la vida de Tom Ferguson, se hallaba en la cúspide de su carrera y, ahora que se ha descubierto la primera evidencia del Libro de Mormón, los años de sacrificios serían recompensados. El mundo no podría seguir negando la veracidad de su religión. Aún quedaban varias horas para llegar a La Ceiba, por eso Tom se tomó una reconfortante siesta.

Al llegar a Honduras Tom se reuniría con el Director Ejecutivo y la Becario Postdoctoral del Instituto Neal A. Maxwell, ahí finalizarían detalles para presentar el descubrimiento a los medios de comunicación del mundo.

La azafata le facilitó una frazada, y Tom se sumergió en una siesta liviana y reponedora.

Unas horas mas tarde, luego de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de La Ceiba y movilizarse a través de un taxi, (previamente pagado por la Universidad Brigham Young), hasta el Hotel Quinta Real (también financiado por la Universidad Brigham Young), Tom se registró en la recepción, un botones lo ayudó con su equipaje, excepto con su maletín personal donde mantenía los datos de arqueología, y subió hasta la habitación donde se hallaban el Director Ejecutivo y la Becario Postdoctoral de Neal A. Maxwell Institute.

Ahí, en la habitación, el Director Ejecutivo y la Becario Postdoctoral se hallaban conversando vía videoconferencia con el Presidente de la Iglesia, Russell M. McConkie.

Spencer Smithson, Director Ejecutivo de Neal A. Maxwell Institute: Sí, presidente, así se hará.

Tom vio cómo el presidente McConkie giró levemente su cabeza al ver que él se sumaba a la conversación vía internet.

Russell M. McConkie: Hermano Ferguson, bienvenido. ¿cómo estuvo su viaje?

Tom Ferguson: Todo bien, Presidente.

Russell M. McConkie: Bien, el hermano Smithson y la hermana Snow ya tienen las instrucciones a seguir en las siguientes etapas de este proyecto.

Al terminar la reunión vía videoconferencia, el Director Ejecutivo puso al corriente a Tom de los pasos a seguir.

Spencer Smithson: Tom, bienvenido a Honduras. El presidente McConkie nos ha instruido para que la comisión internacional de Unesco sea quienes den a conocer el hallazgo de Moroni.

Tom Ferguson necesitó unos segundos para procesar la información.

Tom Ferguson: Pero, Spencer, hemos sido nosotros quienes descubrimos a Moroni.

Spencer Smithson: Lo sabemos, pero es mucho más conveniente que un organismo secular internacional dé a conocer primero el hallazgo y luego nosotros ratificar el descubrimiento de ellos.

Algo no estaba bien; debía ser Tom el descubridor de Moroni, si él y su equipo aparecían como segundones no tendrían la autoría del hallazgo, se esfumaban las conferencias de prensa que Tom debería dar, los libros que debería escribir, los autógrafos que debía firmar, las entrevistas en revistas que debían escribir…

Tom Ferguson: Pero, Spencer, eso no está bien… Nosotros hemos descubierto a Moroni…

Elisa Snow, Becario Postdoctoral de Neal A. Maxwell Institute: Doctor Ferguson, usted bien sabe que la obediencia es la primera ley de los Cielos, si el profeta nos aconseja algo es la voluntad divina.

Tom Ferguson veía como sobre los cielos muy azules de La Ceiba, allá en Honduras donde aún estaba sumergida Moroni, se asomaban unas nubes cargadas de lluvia. Su mente le decía que debía seguir a sus líderes, y su corazón le gritaba la verdad: que había sido él y su equipo quienes habían descubierto a la sumergida Moroni…

(Música de suspenso).

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