Yilmar: Mi historia religiosa

El original de este ensayo está en el blog de nuestro amigo Yilmar: http://libresdefe.blogspot.com.co/p/mi-historia-religiosa.html

Mi historia “religiosa”

Hace ya casi 23 años, contando con tan solo 10 de edad, una tarde en mi amada ciudad, mientras jugaba atrapando abejas con mi hermano mayor, se nos acercaron un par de muchachos muy bien vestidos de camisa blanca, corbata y pantalones oscuros, de apariencia pulcra y con acento extranjero, éstos al notar nuestra actividad, y aparentando curiosidad por la misma, nos abordaron preguntándonos que era aquello que hacíamos, al principio creí que se trataba de Testigos de Jehová, secta con la cual ya había tenido contacto y cuyas charlas eran para mi concepto muy aburridoras y las asumía con una actitud desobligante, pues en varias ocasiones al conversar con algunos adeptos a ella, sentía una cierta manera de enseñar, en la que era más como: debes hacer esto y aquello para ser salvado, y no una forma más amena y atrayente, por lo que creyendo que era otra más de las tantas tediosas charlas “T Jotas” comencé a alejarme disimuladamente de aquellos muchachos. Luego de unas cortas palabras sobre el tema de los insectos y quizá notando el desgano de mi semblante, se nos presentaron: Mi nombre es Élder Rodríguez y mi compañero también es Élder Rodríguez (no hay parentesco), y somos misioneros de la Iglesia de Jesucristo de Los Santos de los Últimos Días, dijo uno de ellos, venimos desde Chile y les traemos un mensaje de parte de Jesucristo para su familia.

Vaya, vaya, estos dos jóvenes eran chilenos y además tenían un mensaje de Jesucristo para nuestra familia, yo sabía quién era Jesús, pues ya había leído algo sobre él, incluyendo un librito de los Testigos de Jehová llamado “Mi libro de historias bíblicas”, por lo que al ellos decirme esas palabras me asombraron, ¿Quiénes eran estos muchachos que hablaban con Jesús?, pensé llevado por mi inocencia, ¡que honor! El mismísimo Jesucristo de quien hacía poco había aprendido, me había mandado a sus “misioneros”, no tenía ni idea de lo que en realidad me esperaba.

Los misioneros nos pidieron que los presentáramos con nuestros padres, lo cual hicimos casi de inmediato, bueno solo con mi madre pues mi padre no se encontraba en casa en ese momento, enseguida comenzaron una charla sobre la iglesia y nos mostraron parte de su doctrina, nos hablaron de donde venían ellos y de sus propias familias, esto ayudo a romper el hielo que se amontona entre desconocidos, con el tiempo aprendí que esto era una de las técnicas que se les enseñaba a estos muchachos para abordar a las personas y entablar conversaciones amenas y de esta forma ganar su confianza y sus corazones, una vez hecho esto, pasaban a la enseñanza de sus “primeros principios y ordenanzas”, claro ya había algo de familiaridad, ahora acá estaba su mensaje.

Se nos hablo sobre la fe y el bautismo, que así como Jesús había sido bautizado, nosotros debíamos seguir su ejemplo, nunca había pensado en algo así, si Jesús era el hijo de Dios como iba yo a seguir su ejemplo, era obvio que fracasaría por completo, al fin y al cabo yo no era perfecto en nada. Luego de media hora de charla, noté que estos no eran tan aburridores como los Testigos de Jehová, además, no eran tan viejos como aquellos por lo que su charla era un poco más amena, claro que esta idea cambiaria, por lo menos para mí, luego de la tercera charla. Al finalizar la conversación, los misioneros se despidieron dejándonos un folleto y organizando una segunda charla para los próximos días, para lo cual aceptamos sin reparos, sin contar con que mi papá no tenía ni idea que esta nueva religión había tocado sus puertas, entrado a su casa y conversado con su familia, ¿qué diría él de todo esto?, era esa la preocupación más grande por el momento que tenía mi madre, pues mi padre durante varios años había demostrado que con religiones no quería ni el saludo.

Al llegar mi padre y como era de esperar, él no estaba para nada de acuerdo con esta situación, pero esto no iba a ser impedimento para aquellos muchachos quienes estaban muy bien entrenados en las técnicas de reclutamiento mormonas dejaran de enseñar su doctrina a estos nuevos “investigadores”. Con el paso de los días y a pesar de la dura oposición que encontraron en la persona de mi padre, fueron teniendo una serie de charlas en la que enseñaban de manera sistemática y coherente cada una de sus doctrinas y prácticas, o por lo menos eso era lo que creíamos en ese momento, pues no teníamos ni idea de toda aquella “doctrina profunda” que se manejaba de manera extraoficial y la cual no se enseña a los “investigadores”.

De esta forma, mi madre, hermana y hermano fueron siendo adoctrinados e inducidos en las prácticas del mormonismo, y al poco tiempo se bautizaron a escondidas de mi padre debido al ya mencionado desacuerdo que éste tenía con dicha secta. Durante ésta época uno de mis hermanos y yo no quisimos continuar las charlas con éstos misioneros por ser tan aburridoras, llegando inclusive a escondernos debajo de la cama algunas veces y otras a subirnos al techo de nuestra casa solamente para no tener que escuchar durante una hora o más la tediosa charla sobre José Smith, las Planchas de oro, el Libro de mormón, el pecado de tomar té, café, bebidas alcohólicas, etc. Y todo el entretejido de enseñanzas extrañas pero que presentadas de una forma llamativa y bajo el título de “palabra de Dios” parecían ser ciertas.

Luego del bautismo y subsecuente práctica por parte de mi familia de las enseñanzas de la secta, comenzamos, los que no éramos mormones aún, a notar una serie de cambios en el comportamiento, vestimenta, dieta y muchas otras cosas importantes en la vida de una persona, en aquellos miembros de mi familia que ya habían abrazado el mormonismo, pues de la noche a la mañana dejamos de tomar café, una bebida que además de deliciosa es también uno de los productos insignes y representativos de nuestro país, además, casi era prohibido ver televisión o escuchar música en domingo, pero no solo esto, pues mi madre y hermanos empezaron a cambiar su forma de vestir, mi hermano empezó a vestir los domingos igual que los misioneros que habían estado viniendo a nuestra casa y mi madre y hermana ahora solo vestían faldas largas y ropa muy cubierta al igual que las evangélicas y T jotas que siempre veíamos por ahí, así fue como desde el principio se comenzó a programar el comportamiento de mi familia para ajustarlo al “molde” mormón.

Con el transcurso del tiempo, mi hermano se fue desencantando de las apariencias de la secta y comenzó a hacerse a un lado, pues empezó a notar que tanta prohibición no lo estaban haciendo feliz como habían dicho aquellos muchachos, y por el contrario ahora tenía más responsabilidades a sus escasos 12 años, algo con lo cual no estaba acostumbrado, pues empezó a ser acosado para que cumpliera con sus “responsabilidades” en el sacerdocio mormón, el cual le era conferido a todos los varones de la secta una vez cumplieran dicha edad , lo que en realidad traía más cosas por hacer que “bendiciones” como ellos decían, pues éste debía estar más temprano que todos los miembros en la capilla para ayudar al obispo con el orden de la capilla y acondicionar el salón “sacramental”, que era donde se reunía el grupo total de asistentes el domingo, además, debía repartir la “santa cena” en la misma reunión y luego participar de las clases para el sacerdocio y la escuela dominical, en total tres horas de una larga repetición de normas y doctrinas un tanto pesadas para muchachos de su edad, y por si fuera poco, luego de dichas reuniones, debía estar disponible para cualquier requerimiento del obispo, pues estos muchachitos de tan corta edad, son los “ayudantes” de dicho personaje; no obstante todas éstas nuevas responsabilidades, también debía sobrellevar a un par de hermanos por demás burlones de su nueva forma de vestir y hablar, pues al verlo vestido con su camisa blanca y corbata en el clima caliente de mi ciudad y al escucharlo expresar términos como “expiación” y “mundanos”, lo hacían blanco de nuestras burlas y bromas. Todo esto llevó a que mi hermano luego de pocos meses de su bautismo decidiera no ir más a la capilla mormona, y retomo nuevamente el curso de vida de un niño normal de su edad, lástima no poder decir lo mismo de mi madre y hermana, quienes parecían estar absorbiendo, o mejor, siendo absorbidas por la nueva religión.

A medida que transcurría el tiempo, y ellas afianzaban sus convicciones en cuanto a su creciente fe, fue sumándose a los problemas de nuestro hogar el hecho de los muchos cambios que hacían en sus vidas, y como es normal, empezaron las fricciones entre mis padres, quienes ya tenían un cúmulo de dificultades pero que ahora, mi padre tenía la excusa perfecta para achacar sus inconvenientes al mormonismo. Luego de unos años de ser miembro de la iglesia mormona, mi madre y hermana fueron, por fin al tan anhelado templo mormón, dicho viaje acarreo un sinnúmero de sacrificios, que vistos dentro del contexto mormón, serían dignos de elogios, pero una vez sales del control mental, te das cuenta que tales sacrificios son solamente causa de tristeza y desconsuelo por haber hecho tanto por una causa ilusoria. El templo que más cerca estaba de nuestra ciudad era el de Lima, Perú, el que por estar en un país diferente exigía costos aún mayores, por lo que era necesario alistar viaje de 4 días en bus de ida, pues en avión era más costoso, además, el costo del pasaporte, los gastos del día de permanencia para hacer las “ordenanzas” y los 4 días de regreso, lo que sumado hacía una cifra muy difícil de conseguir para una familia promedio colombiana, esto sin contar con el hecho de que mi padre no apoyaría dicho viaje, lo que obligó a mi madre y hermana a realizar cantidades de actividades para recolectar fondos, desde vender pasteles y hayacas, hasta organizar pulgueros de ropa usada, todo con la esperanza de llegar a “la casa del señor” a realizar los sagrados convenios con dios para poder ser merecedoras de la exaltación, claro, ante tales promesas cualquiera sacrificaría cualquier cosa, pero cuando nos damos cuenta que en realidad solo se trata de unos rituales copiados de la masonería, y que los tales convenios son solamente para mantener a los miembros conectados a la secta y asegurarse de esa forma su completa fidelidad y los donativos que los acompañan, no podemos más que sentir una tristeza terrible, un dolor inmenso por el tiempo, esfuerzo y dinero invertidos y una desilusión enorme hacia la religión.

Luego de todos los sacrificios de mi madre y hermana, lograron, contra viento y marea, y la fuerte oposición de mi padre, entrar al templo de Lima, donde realizaron los rituales copiados de la masonería tan anhelados, y a su regreso, su compromiso con la secta se notaba más acérrimo, por lo que ahora eran parte del selecto grupo de los “investidos”, quienes debido a la distancia del templo y la escasez de dinero de la gran mayoría de los miembros de la rama, era un grupo reducido.

Transcurrieron varios años, y mi madre y hermana cada día eran más fieles a la secta y hacían más y más por demostrar dicha fidelidad, ya había sido construido el templo de Bogotá, Colombia, por lo que las visitas al templo eran mucho más seguidas pues el viaje de 4 días de camino, se habían reducido a 18 horas, por lo que el grupo de “investidos y sellados” ahora era mucho mayor y ya no tan selecto, pero si lo suficiente para continuar manteniendo la mística y la exclusividad en torno a los que habían tenido el “privilegio” de hacer convenios. Durante el transcurso de esos años, y debido a mi amor a la lectura y el conocimiento, y también a la cantidad de literatura mormona a la que estaba expuesto, inicie mi investigación y búsqueda de dios a una edad temprana, siendo completamente influido por el dios mormón y su sistema doctrinal.

Inicie mi investigación con la Biblia, y dicha lectura me asombraba, pues con tan solo 12 años, tanta historia extraña contenida en dicho libro, tal como la creación del hombre desde el barro en seis días, las 10 plagas de Egipto, abrir un camino en medio del mar, un asno que habla, etcétera, impactaban mi mente infantil, por lo que en pocos meses culminé la lectura de éste, pero, y como era de esperarse, fue más la confusión en la que me dejó, que lo que me aclaró, por lo que decidí leer el Libro de Mormón, ¿no era “otro testamento de Jesucristo” acaso?, ¿no me había enseñado mi hermana que éste era el más perfecto que cualquier otro libro?, entonces, si era así, quizá era en sus páginas donde yo podría encontrar el conocimiento y la certeza tan anhelada por mi, pero lastimosamente lo que añadí fue más confusión al encontrarme ante una historia muy similar en cuanto a narración y en cuanto a situaciones súper naturales. Luego de éstos dos fracasos, decidí preguntarle a mi mamá, quien me dijo que las dudas que tenía podían ser aclaradas a través de los “manuales inspirados” de estudio, por lo que me vi envuelto en una lectura más extensa, pero, con beneplácito para mi, más aclaradora, fue así, que descubrí que el mormonismo tiene una literatura muy extensa, e inicie mi carrera por el conocimiento doctrinal.

Reinicié la lectura de la Biblia acompañada y alternadamente con los manuales de instituto (manuales de enseñanza sud) y de libros escritos por autoridades mormonas, sin darme cuenta que estaba predisponiendo mi mente a interpretar las escrituras bíblicas según la visión mormona, ya que la lectura de la “palabra de dios”, era acompañada con centenares de libros que le daban una interpretación parcializada hacia el mormonismo, lo que hacía mi estudio muy poco, o nada, objetivo. De esta forma, al llegar a la edad de 16 años, ya había leído una gran cantidad de manuales y libros de doctrina mormona, sin contar con las “escrituras”, esto es, La Biblia, El Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y La Perla del Gran Precio, los cuales habían sido desmenuzados en mi mente en infinidad de ocasiones de las cuales no llevé cuenta, por lo que a dicha edad, y por ser muy influido por mi madre, hermana y amigos mormones, decidí dar el “gran paso”, mi bautismo.

Antes de tomar la decisión de unirme a los mormones, recibí una serie de seis lecciones sobre los principios y ordenanzas de la secta, además de un brevísimo recuento de sus doctrinas más comunes y que son semejantes a las iglesias conocidas, por lo que cualquier atisbo de duda en cuanto al cristianismo de la secta mormona queda completamente desechado. Mi proceso en dichas charlas fue en realidad muy corto, en aproximadamente de una o dos semanas, ya había completado las lecciones, pues en realidad conocía muy bien de que se me “enseñaba”, ya que había tenido largos años de preparación previa como autodidacta, así que los misioneros en muchas ocasiones simplemente llenaban sus agendas y nos poníamos a conversar de cualquier otra cosa. Además de esto, me relacioné muy bien con los jóvenes del barrio al que pertenecía, con quienes establecí amistades muy fuertes y casi únicas, pues eran bastante escasos los amigos “gentiles” (de esa forma en la iglesia se les llama a los no mormones), lo que de alguna formo empujó mi decisión de entrar en el “redil”.

A partir de mi bautismo se me inicio en mi vida un cambio substancial de comportamiento, ahora era un miembro de la iglesia de dios, la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de la tierra, y no solo eso, a la semana siguiente fui confirmado y ordenado presbítero en el sacerdocio aarónico mormón, por lo que en mi mente juvenil, llegó a significar algo así como un embrión de profeta, pues dicho “sacerdocio”, tenia, como dice en Doctrina y Convenios (una de las escrituras sagradas mormonas), las llaves del ministerio de ángeles, y por ser yo el mayor en edad dentro de los jóvenes del barrio, sumado al hecho de que en cuanto a conocimiento era superior inclusive a los maestros de escuela dominical, inmediatamente pasé de ser un simple investigador, al mayor en autoridad dentro del sacerdocio aarónico de mi barrio, claro está, esto solo sucedía en la mente de un muchacho de 16 años, quien había sido adiestrado para creer estas cosas.

A medida que pasaban los años, crecía mi conocimiento doctrinal de la secta, pero no crecía con la misma velocidad mi convicción en cuanto a la veracidad de la iglesia, y a pesar de tener fe en lo que practicaba, no era una fe ciega, pues notaba que había cosas que no encajaban muy bien y que dado mi gusto por el estudio, encontraba la doctrina que iba aprendiendo un poco distorsionada a pesar del esfuerzo que se notaba que habían hecho por hacerla ver armoniosa. Fueron éstas ideas mías, además de incontables problemas en mi hogar, las que me llevaron a tomar la decisión de no ir a la misión, a pesar de la presión sistemática e inmisericorde a la que sabía que iba a ser sometido, pues para los mormones, el que un muchacho en edad misional no cumpla con su “deber”, es una muestra de su falta de fe, se podrán imaginar la carga psicológica a la que se ve sometido un joven en una situación de ésta naturaleza.

A pesar de que fui blanco de muchas críticas y acciones mal intencionadas por parte de mis “hermanos en Cristo”, debo decir que estoy agradecido por haber sido valiente y enfrentarme a tal situación, pues por causa de mi negativa a ir a regalar dos años de mi vida para engrosar las filas de adeptos de la secta, quienes llenan las arcas de las mismas y a su vez las chequeras de sus “profetas, videntes y reveladores”, pude conocer a la que hoy es mi esposa y madre de mis hijos, y además, fue en el tiempo en el que debía estar caminando las calles de quien sabe qué lugar del mundo al que la computadora del comité misional me hubiese enviado, que inicié mi búsqueda de la verdad, y que aunque fue por casualidad que me tope con las inconsistencias mormonas, fue el detonante para que las dudas de mi mente me llevaran a descubrir la cantidad abismal de falsedades que la secta ha fraguado a lo largo de su existencia para aparentar ser diáfana e infalible.

Un día, mientras buscaba en Internet algo sobre la iglesia, pero no algo en contra de la iglesia, sino algún libro de doctrina que quizá hubiese escapado de mi estudio, al colocar en el motor de búsqueda de mi computadora la palabra mormones, se desplegó ante mi vista un sinnúmero de sitios que hablaban cosas muy extrañas sobre la iglesia, desde que José Smith, el profeta, había usado una piedra dentro de un sombrero para “traducir” el Libro de Mormón, hasta la conexión irrefutable de las “sagradas” ceremonias del templo con la masonería, fue ahí, en ese pequeño escritorio de mi oficina, en frente de mi computadora, a las 4:30 a.m. que se inició en mi mente el deseo de buscar la verdad de las cosas, aunque dicha verdad fuese dolorosa, por lo que decidí adentrarme en la investigación de éstos temas, tomando especial interés por los relacionados con el templo, pues la sombra de misterio en la que crecí hacia ese lugar, y la forma en que mi madre había cambiado su vida y soportado incontables maltratos de todo tipo, tan solo por mantenerse firme y fiel a sus “convenios” del templo, me llenaban la cabeza de interés, entonces, descubrí que los rituales mormones del templo, no eran más que un vil plagio de Smith a una logia masona a la que perteneció, y que luego de dos o tres meses de haberse iniciado dentro de ésta logia, empezó a realizar las ceremonias de investiduras mormonas en su congregación, alegando que eran necesarias para ser aceptado por Elohim, el dios mormón.

Toda esta información causo tal asombro en mí, que la imprimí y la enseñé primeramente a mi madre, quien por haber tenido tantos años dentro de la secta, al principio se impresionó pero luego simplemente bloqueó su pensamiento y le dio una explicación en su mente a la abrumadora evidencia de la falsedad mormona. Luego cometí el error de enseñarla a algunas otras personas de la iglesia, quienes contrario a ejercer hacia mí su influencia amorosa que tanto profesaban, iniciaron una carrera de desprestigio, difamación y satanización de mi persona, con el propósito de hacer de mi una mala influencia para los demás, situación que hacía que los otros miembros no confiarían en mis palabras por haber sido salpicado por la apostasía, a partir de ahí, me empecé a desencantar del mormonismo y sus líderes.

Con el pasar del tiempo, fui perdiendo interés en hacer parte de la iglesia, así que poco a poco empecé a dejar de asistir, primero con la excusa de tener que trabajar y luego de forma más abierta, pues, como dicen en mi país, simplemente no me daba la gana de madrugar en domingo para ir a coger rabia con la hipocresía de los “hermanos”, así que de alguna forma u otra, junto a la que ahora era mi esposa empezamos a hacer de los domingos unos reales días de reposo, y nos quedábamos en casita para dedicarnos al descanso, que placentero era pasar domingos dedicados a mi familia.

A medida que pasaban los años, y desmotivado en mi deseo de desenmascarar la realidad de la secta por la mala experiencia anterior, simplemente dejé de investigar lo que al principio me parecía interesante, y junto con mi esposa, nos olvidamos por completo de la iglesia y su montón de irrealidades. Un día cualquiera, mientras me dirigía hacia mi casa, me encontré con un par de muchachos mormones, quienes me hablaron de la iglesia y me invitaron a asistir, al comentarle a mi esposa sobre la situación, la noté bastante emocionada ante la idea de volver, a lo que no me opuse, pues hacia poco había tenido una experiencia “sobrenatural”, que me condicionó a creer que era algo así como una señal divina, perdiendo por completo la perspectiva y dejando de ver que anteriormente había necesitado una de esas experiencias sobrenaturales para salir de un problema y la misma nunca había ocurrido, por lo que mi esposa y nuestros hijos iniciaron la actividad en la iglesia, yo lo haría poco tiempo después.

Una vez llegamos a la rama, tuvimos un recibimiento al estilo de los reyes, pues se nos trató como a tales, ahora sé que a los miembros se les condiciona para recibir de ésta forma a las personas para enganchárlas a la secta, pero los miembros ni siquiera se percatan de que están contribuyendo con ello, a este método se le conoce como “bombardeo de amor”, y no es exclusivo del mormonismo, sino que es muy utilizado por la mayoría de las sectas para ensombrecer sus intenciones reales y hacer para los incautos recién llegados una muy buena trampa al estilo de las ninfas.

Dicho recibimiento nos hizo adaptarnos rápidamente al estilo de vida mormón y en cuestión de pocos meses yo hacia parte de la presidencia de la rama (obispado, para congregaciones más grandes), y en muy poco tiempo ya gozaba del respeto y admiración de muchos de los miembros. En esas condiciones de membrecía, tomamos la decisión de ir hasta el templo para “sellarnos” como esposos y como familia, dicho rito mormón asegura que las familias pueden permanecer unidas por las eternidades si un mormón con la “autoridad” necesaria, dentro de un templo, dice unas palabras y toca las manos de la pareja, así de simple es el procedimiento para ser electos como matrimonios eternos. No es raro que ante tales promesas, cualquier persona abra su corazón de par en par y deje volar su imaginación hacia una vida eterna al lado de su amada familia, hacer creer a sus adeptos que si hacen todo lo que los líderes les manden, llegaran a un mundo sin enfermedades, sin muertes, sin dolores, y con tu familia por siempre, simplemente los predispone a creer y aceptar sin rechistar cualquier otra cosa que se les imponga desde el púlpito.

Luego de gastar una buena cantidad de dinero en el viaje, ingresamos al sacro santo lugar del mormonismo, el templo, donde como primera impresión, y cada miembro que haya asistido a dicho lugar sabe que es así aunque se lo niegue a sí mismo, nos encontramos con el hecho de que tal como se describe en los evangelios, hay una tienda dentro del mismísimo templo donde te venden o alquilan los vestidos ceremoniales con los que participarás de las ordenanzas, y sin éstos no puedes hacer parte del ritual, por lo que el negocio es redondo. Una vez ingresamos a realizar las ordenanzas, debimos cambiarnos la ropa de calle y vestirnos completamente de blanco, para pasar a una especie de cuarto dividido por cortinas donde se te hacen los “lavamientos y unciones” y además, se te asigna un nuevo nombre, con el cual serás “resucitado”, claro que ahora sabemos que los tales “nombres celestiales” son asignados de acuerdo a una tabla diaria, o sea, que todas las personas que asisten al templo por primera vez, reciben el mismo nombre de manera colectiva, así que si el día 12 del mes llegan 20 hombres y 15 mujeres a realizar “investiduras” por primera vez, todos saldrán con el mismo nombre correspondiente a ese día, por lo que saldrán 20 “Elías” y 15 “Noemis” por decirlo así, y por ser secreto el dichoso nombre celestial, ni se imaginan que son “tocayos celestiales”. Luego de los citados lavamientos, pasamos al salón de investiduras donde se realiza la ceremonia más extraña y aburridora de todas, la cual está acompañada de una representación audiovisual en la que se interactúa con los oficiantes en la ejecución del ritual copiado de la iniciación masónica, para finalizar atravesando a través del velo hacia el salón celestial, donde no se hace absolutamente nada. Luego, por tener el privilegio de ir acompañado de mi esposa, ingresamos al “salón de sellamientos”, donde un oficiante nos “prometió” que seriamos esposos por toda la eternidad si éramos fieles a los líderes mormones (aunque te lo dicen en otra forma, con palabras más adornadas), y más adelante, al traer a nuestros hijos al mismo salón, pues no pueden hacer ninguna de las ceremonias descritas anteriormente, nos son igualmente sellados por las eternidades bajo las mismas promesas ficticias, pues el promesero no tiene ningún poder para hacerlas cumplir.

Al salir del templo, hacia el mundo real, la vida continuó su marcha de la misma forma en que lo venía haciendo antes de haber sido “sellados”, pero con la diferencia que ahora debíamos usar día y noche una ropa interior “mágica”, y digo mágica no porque en la iglesia se le llame así de forma directa, sino porque si se enseña que mientras las lleves puesta serás protegido de cualquier daño, ya sea físico o espiritual. Recuerdo bien que cuando me estaba colocando por primera vez el garment (nombre con el que se conoce en el mormonismo la ropa interior “sagrada”), un obrero del templo que estaba cerca de mí, me dijo, “hermano, a partir de hoy usted no será el mismo, y cada vez que se esté colocando estas prendas, sentirá una influencia en su vida que lo impulsará a hacer el bien y a expandir el conocimiento de este santo evangelio, y se lo aseguro en el nombre de Jesucristo”, lo que él no sabía, era que lo que más empujó mi viaje al templo fue una profunda curiosidad por descubrir si mis investigaciones anteriores tenían fundamento real, o si eran simples especulaciones, así que la “profecía” de éste obrero obviamente no había sido inspirada y sus palabras simplemente eran dichas para impresionar las mentes de los asistentes, y añadir un cierto aire de misticismo a una serie de rituales completamente aburridísimos hasta el dolor practicados en “la casa del Señor”, y además de esto, la influencia que sentía al colocarme los “garments”, no me impulsaba al bien, en cambio, me causaba un tremendo fastidio el tener que usarlos en un clima tan caluroso como el de mi ciudad, que en ocasiones llega hasta los 40ºC, por lo que era normal que dentro de la membrecía “investida” de mi ciudad, cuando les visitaba en sus casas, me encontraba a los hermanos usar el Garment superior (o sea, la camisilla), como ropa para estar en casa sin algo que lo cubriera, dejando ver los símbolos masónicos que éstos tienen bordados, la escuadra y el compás. Sobre dichos símbolos, en mi ciudad hay una anécdota muy graciosa, que como muchas otras, solo son expresadas dentro de contextos de confianza entre miembros muy allegados, pues dicha anécdota, tiene como protagonista a una hermana que por simple ignorancia, cometió un muy gracioso “pecadillo” de ira. Paso a relatarte el suceso:

La primera vez que unos miembros del distrito de mi madre iban a un templo, o sea, la excursión a Lima, Perú, una hermana, quien estaba muy entusiasmada por ser investida, sacrificó muchas cosas al igual que los demás para poder asistir, y poder llevar dinero para comprar sus garments, una vez en el templo, al sacarlos de sus empaques, notó que los suyos estaban remendados, por lo cual la hermana estalló en ira,

– ¿Cómo es posible que después de tanto sacrificio me vendan una cosa remendada? , ¿Acaso mi plata vale menos que la de los demás? Reclamaba la hermana,

– Exijo que me los cambien, y voy a revisar cada uno de los que me vendan, decía ella, – no es posible que le vendan a uno cosas remendadas.

Entonces se le acerca una obrera, y amablemente le susurra: hermana, esos “remiendos” son los símbolos de los que usted va a aprender cuando entre a realizar sus investiduras, y sin los “remiendos” los garments son simplemente “trapos”. Y la hermana que se pone roja de la vergüenza, y por supuesto, los demás miembros que ahí estaban y que habían sido testigos de su explosión iracunda, dejaron salir las sonrisas burlescas ante tan gigantesco espectáculo dentro de la casa del Señor, pero inmediatamente, recordando donde estaban, se tragaron sus carcajadas, como si fuese mayor “pecado” reírse dentro del templo que vender ropa interior remendada.

Andando el tiempo, y ahora siendo parte del grupo de “sellados”, aunque dicho grupo ya no era tan selecto como antes, continué prestando servicio gratuito a la secta como miembro de la presidencia de rama, un trabajo de tipo administrativo, disfrazado de espiritualidad, que demandaba casi todo el tiempo libre del que disponía, tanto era la absorción y presión laboral (digo laboral por que los “llamamientos”, son simples trabajos con otros nombres) en la que me encontraba que desarrolle un tic nervioso en mi párpado derecho, el cual me causaba bastante incomodidad. Agobiado de ésta forma por la carga administrativa y por la cantidad de dificultades propias y de los miembros a los que dirigía, me adentré nuevamente en la investigación de la historia mormona y las aristas doctrinales y de proceder que cada día se hacen más evidentes. Inmerso en dicho estudio, descubrí que desde mi primer asomo investigativo, hacía ya alrededor de 12 años, hasta esta ocasión en que decidí retomarlo, había un creciente impulso por descubrir y a la vez dar a conocer las inconsistencias históricas del mormonismo, por lo que aquello que yo había descubierto, quedaba en pañales ante tal explosión de conocimiento.

Realmente cualquier miembro de la secta mormona queda anonadado al descubrir la forma en que la misma ha disfrazado su historia y doctrina para hacerlas ver armoniosas y atrayentes para los incautos posibles adeptos, casos como las múltiples “primeras visiones”, la “traducción de las planchas” a través de una piedra mágica dentro de un sombrero y con las planchas escondidas, las inconsistencias de los testigos y sus “testimonios”, la poligamia/poliandria de los primeros líderes, el fiasco del libro de Abraham, las planchas Kinderhook, las profecías que no se cumplieron de Smith, Young y otros, el caso Hofman, la masonería y el templo, y un largo etcétera, retumban en las mentes de cada miembro que haya aceptado como verídicas las historias blanqueadas que se le enseñan a través de la escuela dominical, el sacerdocio, seminario e instituto, por lo que el peso de tan abrumadora carga emocional lesionan, de manera intangible pero real, las mentes y esperanzas de éstos, trayendo a sus mentes sentimientos de dolor, rabia, culpa, amargura, desconsuelo y una profunda decepción al haber caído ante tal engaño. Pero por suerte, dichos sentimientos van cambiando con los años, que todo lo curan, y son reemplazados, en algunos casos, por el deseo de enseñar a otros lo aprendido.

Continuando con mi relato, luego de varios años de trabajo sin paga, y de varios miles de pesos de donaciones y gastos de viajes, además de todos los casos de malos manejos administrativos que observé, tomamos la decisión como familia de separarnos de la secta y solicitar ser retirados de sus registros, que hasta la fecha, solamente nos han dado decenas de excusas para no hacerlo, que se envió la información a la oficina del área, que debes hacer una carta por cada miembro de la familia, que la firma no es clara, etc, etc, aunque en realidad, la verdadera razón de nuestro inconformismo por estar en dichos registros, es que seguimos siendo contados como miembros, engrosando así el número de éstos a los actuales 15 millones con la que pretenden engañar a la opinión pública, haciéndoles creer que los tales 15 millones, son activos y mormones de corazón, cuando realmente, hasta yo, que he sido tildado de anti-mormón por mis antiguos amigos, sigo siendo contado entre por la secta, abultando así el número, ¡que farsa!

Un caso particular en cuanto al trabajo gratuito al que debe el adepto lo sufrimos cuando mi esposa fue “llamada” como maestra de seminario de la rama. Dicho trabajo que, aunque fue un instrumento para acercarse y aconsejar a muchos muchachos de la organización y que le ha dejado grata recordación, tenía momentos en los que el abuso de autoridad de los líderes y/o empleados del sistema educativo era evidente. En varias ocasiones, cuando convocaban a las maestras de la ciudad para “capacitarlas”, debían éstas trasladarse hasta la “Casa de Sei”, lugar que quedaba a una distancia considerable del municipio en el que vivíamos, y como las dichosas reuniones se extendían hasta pasadas las 10:00 pm, mi esposa y otras hermanas llegaban a media noche a la casa, habiendo dejado algunas a sus niños solos en casa. Cuando vi la situación, pues la vivía e carne propia, le comenté a mi esposa que el tal vez el llamamiento no era una buena idea, por lo que fui llamado a entrevista con el obispo, pero habiendo tenido tanta “cancha” como la que obtuve al lado de muchos líderes mormones (aunque conocí a varios que son excelentes personas que se preocupan realmente por sus dirigidos, y ellos aplaudo y respeto) y caracterizandome por no tener “pelos en la lengua”, le hice ver que:

a – eran por lo menos seis hermanas que vivían extremadamente lejos del la casa Sei.

b – las hermanas dejaban a sus hijos solos en casa hasta altas horas de la noche por estar en la “capacitación”.

c – que el director del Sei tenía un carro que la iglesia le dio como “dotación” al darle dicho trabajo.

d – que el señor director podía desplazarse en el carro de la iglesia, pues ese era su trabajo, para “capacitar” a las seis hermanas en la capilla de la rama, así éstas no tendrían que dejar a sus hijos solos, exponerse a los peligros de la noche en una ciudad con un alto índice de inseguridad y, de paso, el director se ganaba el jugoso sueldo que le pagábamos con nuestros diezmos.

El Obispo no tuvo más remedio que relevar a mi esposa, pues era mejor cambiar la ficha más débil que hacer que un empleado de la iglesia trabajara.

Actualmente gozamos de mucho tiempo libre por ya no tener que regalar dicho tiempo a la secta, por lo que nos hemos unido como familia y disfrutamos al máximo de nuestros momentos, mi “tic” desapareció y mis perspectivas en la vida han cambiado al punto de querer continuar en la marcha del conocimiento, llegando así a descubrir un mundo de enseñanzas de las que carecía por estar inmerso en la burbuja mormona, donde solamente puedes darle crédito a los “buenos libros”, o sea, aquellos que tienen el visto bueno de los líderes por no contradecirlos a ellos ni a la secta, aunque dichos libros enseñen verdades demostradas a través de evidencia científica.

Hoy soy ateo, no por mi mala experiencia en el mormonismo, aunque sin duda ésta me empujó en parte, lo soy, además de la falta de evidencia que sustente el teísmo, gracias al estudio personal que he desarrollado de las religiones y sus inconsistencias históricas, doctrinales, científicas, de proceder, etc, de las cuales éste blog es un humilde bosquejo.

____________________________

Si le gustaría compartir su historia en la Iglesia, contáctenos a manuel@pesquisasmormonas.com

(Visited 83 times, 1 visits today)