Mi larga historia en la Iglesia

amanecer

Antes déjame decirte que soy colombiana y llevo casi 3 años viviendo aquí en Estados Unidos.

Me casé muy jovencita, Ángel y yo apenas teníamos 19 años. Él me hablaba de vez en cuando de que había asistido a una iglesia, y cuando nos íbamos a casar, me comentó que en la iglesia de los mormones se casaban por las eternidades y no sólo hasta que la muerte los separe, pero honestamente nunca me interesó ninguna religión o pertenecer a una iglesia. Nos casamos en Diciembre de 1991, y justo dos meses después empezó (como decimos en mi país) “mi calvario”. Me enteré que antes de casarnos Ángel salía con más de una chica. Según él, aprovechando su soltería, ¡el problema fue que le siguió gustando! Aparte de las infidelidades empezó el maltrato físico, cosa que me llevó a un intento de suicidio, y entré en un estado de depresión que no quería salir de la casa, no comía ni dormía bien. Él trataba de cambiar pero le duraba poco el cambio, la última vez que me golpeó no estaba dispuesta a dejarme. ¡Fue tan impresionante que dije no más! ¡Vamos a terminar matándonos! ¡Este matrimonio es un fracaso y no es lo que quiero!

Hablamos de la separación y justo en esos días nos visitó el que era presidente de la rama. Yo no lo conocía, pero Ángel realmente estaba muy feliz de verlo. Nos invitó a la capilla para ese domingo, ¡y claro que fuimos! Cuando llegamos, lo que más me impresionó fue tanta amabilidad, ¡todos eran muy afectuosos! (¡Ahora entiendo lo del bombardeo de amor!) Me presentaron a las misioneras y planearon una noche de hogar. La noche de hogar se hizo, nos mostraron el video de Las familias pueden ser eternas, y una vez terminada la noche de hogar me invitaron a escuchar las charlas. Ángel estaba súper entusiasmado con eso, así que le dije a él que lo haría sólo para tratar de salvar nuestro matrimonio. Sentí mucho apoyo por parte de él. Las misioneras nos visitaban muy seguido y ellas me hacían sentir muy bien. Me pareció que fue muy rápido lo del compromiso bautismal, sin embargo lo acepté. Ellas estaban felices, ¡yo era una investigadora de oro! Al menos según ellas. Una pareja de jóvenes y casados muy poco se ve en mi país.

En cuanto a la doctrina, nunca estuve muy convencida de la primera visión, y, honestamente, tampoco sentí el ardor en el pecho, por más que sinceramente me arrodillaba y oraba. Sin embargo me sentía muy bien en la iglesia. El 14 de noviembre de 1992 me bautizó el Elder *** y Elder Rodríguez me dio la confirmación. Conocí a muchas personas, me hacían sentir importante, me dieron el cargo de presidenta de mujeres jóvenes y me entretenía. Pasaba mucho tiempo en la iglesia. Por fin vi un cambio en Ángel; se sentía muy arrepentido por haberme maltratado. También le dieron un cargo, pero luego él tenía que trabajar los domingos así que no podía ir a las reuniones, y pasado el tiempo se inactivó. Yo seguía muy contenta y tranquila, hasta que otra vez mi querido Ángel volvió a sus andanzas: su debilidad, las mujeres. Hablamos muy calmados y vimos que no tenía sentido estar juntos y nos divorciamos. Estar en la iglesia, ¡eso sí era lo más importante para mí! Fui misionera de barrio, participaba en casi todo, me hice hasta popular en ese en esa rama (no era estaca en esa época). El presidente de misión fue muy especial conmigo, parecía un papá para mí. Me preguntó si quería acompañar a una misionera de regla, así que fui misionera por 7 meses y tuve como 4 compañeras. Me encantó la experiencia. Aunque claro, me di cuenta que los misioneros no eran perfectos como yo pensaba. Tenían conflictos y problemas, pero de todas maneras me gustó. Fui la primera de mi familia como miembro de la iglesia, luego mi hermana menor, y mi hermana mayor, quien sirvió la misión, y de últimas, mi mamá, quien fue muy difícil de convencer. Ella es la única que aún sigue y es un poco fanática.

Después de regresar de ser compañera de una misionera de regla, recuerdo al presidente de misión diciendo que ya era hora de buscar a alguien para casarme. La verdad es que en la iglesia no había nadie que llamara mi atención, pero él decía que podía intentar querer a alguno, pues lo importante es que ellos tenían el sacerdocio y me llevarían a la exaltación, ¡jajaja! Para ese entonces Ángel y yo seguíamos siendo amigos. En realidad antes de ser novios éramos muy buenos amigos, yo siempre decía que él y yo nacimos para ser amigos y no esposos. Él volvió a la iglesia yo lo apoyaba, y habló con el presidente de misión, tuvo una serie de entrevistas con el presidente, y este habló conmigo para que le diera otra oportunidad a Ángel, pues, según él, Ángel me amaba mucho y él estaba mostrando un cambio.

Seguí su consejo y empezamos como novios. Un día Ángel me llevó a su casa y me dejó hablando con mi suegra, él salió y lo vi hablando con unas amigas de su barrio y luego lo vi jugando muy entretenido. Yo lo llamé para que me llevara a mi casa, pero seguía jugando, parecía un niño. Le dije a mi suegra, “¡Ángel nunca va a cambiar!” y me fui sola. De camino a mi casa pensaba que estaba ya cansada de ser la buena del paseo, que era hora de tener un cambio. Ese día tomé la decisión que cambiaría mi vida, ¡queria conocer a otras personas!

Dejé de ver a Ángel. Empecé a trabajar, me tocaba los domingos y me fui alejando de la iglesia. En ese trabajo hubo alguien que me invitó a salir muchas veces, pero no aceptaba. Sin embargo, por soledad y desilusión o rebeldía, un día acepte, y me fui enredando en esa relación que para vergüenza mía y tristeza, pues traicioné mis principios, hice cosas indebidas. Eso me hacía sentir muy mal, y por primera vez experimenté un dolor en mi corazón, me sentía sucia, como sin valor. Una noche me arrodillé llorando arrepentida suplicando perdón a Dios por mi comportamiento. Fue tan fuerte y sincera esa oración que después sentí calma y mucha tranquilidad. Ya no quería ver más a ese hombre. Sentía rabia y asco. Lo hacía responsable también por mi locura de alejarme de la iglesia, ¡pues para mí era sagrada!

En este tiempo volvió a aparecer Ángel. Él sabía que yo salía con alguien; me dijo que estaba muy bien trabajando en otra ciudad, que me extraña y que el saber que podía estar con alguien más lo había hecho darse cuenta que quería estar conmigo y que estaría más que dispuesto a hacer lo que yo le dijera con tal de volver con él.

Vi que esta vez sí podría funcionar nuestra relación, pues yo también quería regresar a la iglesia, así que tenía una semana para arreglar algunas cosas pendientes y renunciar a mi trabajo para viajar donde él estaba. Cuando, ¡oh sorpresa! Tuve algunos síntomas sospechosos. Me hice una prueba de embarazo y ¿qué? ¡Embarazada! ¡No podía creerlo!

Pero a pesar de todo estaba súper feliz de mi embarazo, ya que casi cumplía 25 años y sentía el deseo de ser madre. Viajé donde Ángel para contarle personalmente lo que estaba pasando y lo primero que me preguntó es que si ese hombre sabía de mi embarazo. Le dije no, y él respondió, “¡Entonces que nadie lo sepa! ¡Déjame ser el papá para ese bebé! Yo no he sido un santo y no tengo ninguna autoridad moral para juzgarte. Te amo tanto y amaré a ese bebé como si fuera mío!”

Desde ese instante fue un cambio total, muy especial conmigo. Volvimos a la iglesia (yo nunca le conté a ningún líder de la iglesia todo lo sucedido). Nació la bebe, y a pesar de ser tan bueno con nosotras, Ángel no podía con su debilidad: las mujeres. Nunca más recibí maltrato físico, pero sus infidelidades lamentablemente seguían, y pensaba yo, “Así nunca tendré un matrimonio en el templo”, lo que era mi sueño. El 11 de diciembre de 1998, una semana después que la bebé cumplió un año, Ángel fue víctima de la inseguridad y fue asesinado.

El velorio de Ángel fue en una capilla, y se hizo lo que hacen los del sacerdocio en un funeral. Seguí firme en la iglesia, eso me ayudo a llevar el duelo. Había pensado en sellarme con él, a pesar de todo lo que pasó, pero un líder me aconsejo que todavía no, pues yo estaba muy joven y podría encontrar a alguien para casarme. Efectivamente, casi dos años después, conocí a Francisco, un buen hombre, trabajador, sin vicios, deportista, perfil perfecto para ser mormón, porque desafortunadamente, pensaba yo, no lo era.

En la iglesia no había nadie como para pensar en una relación amorosa. Queríamos casarnos, pero según una ley de esa época, las mujeres que eran pensionadas, si se volvían a casar, perderían la pensión (recibía una pensión de sobreviviente, por la muerte de Ángel), y yo no estaba dispuesta a perder ese dinero, pues debía pensar en el futuro de mi hija. Por esta razón no nos casamos, pero si vivíamos juntos, cosa que no era que me hiciera muy feliz, pues mi deseo era estar bien en la Iglesia y asistir al templo. Seguía asistiendo, pero me sentía mal, pues yo no podía tener ni un cargo. Sin embargo los misioneros nos visitaban, les dábamos almuerzos algunos días de la semana (les encantaba, jaja. Tenían fama de ser muy bueno).

En 2001 nació mi segundo hijo. Todo iba muy bien en nuestro hogar, mi hija Michelle ya tenía 3 años, le decía papá a Francisco, sólo faltaba que el fuera miembro de la iglesia para que todo fuera mejor. En 2005 compramos un apartamento, económicamente todo estaba bien. En 2006, en las noticias hablaron de que esa ley de que una mujer pensionada no podía casarse nuevamente fue abolida. Me asesoré bien y empezamos a hacer los preparativos para casarnos en octubre. Una vez ya casados, los misioneros le dieron las charlas. Francisco en realidad lo hacía más por darme gusto a mí. Francisco se bautizó en el mes de junio del 2007 y pocas semanas después le dieron el cargo de secretario de la rama. Me pareció muy rápido, debieron dejar que tuviera más conocimiento (pensaba yo), ni siquiera se había leído el Libro de Mormón, pero también me gustó que lo tuvieron en cuenta. Le dieron el sacerdocio y así pudo bautizar a la niña. ¡Para mí era un logro muy grande!

Hacíamos lo requerido para estar bien en la iglesia; orábamos en familia, hacíamos las noches de hogar, pagábamos el diezmo y las ofrendas de ayuno, asistíamos los domingos, y guardábamos el día de reposo. Y empezaron las “pruebas”, según ellos. Francisco se quedó sin trabajo, pero tenía más tiempo para estar en la capilla. A pesar de que yo trabajaba como estilista y tenía la pensión, no teníamos lo suficiente para sostenernos, y eso nos frustraba. Pero confiábamos que pronto se mejorarían las cosas.

Un domingo finalizando noviembre Francisco había estado todo el día en la iglesia. Hicimos la oración para acostarnos. Yo ya había dormido un poco, era como la media noche, y Francisco no estaba en la cama. Tuve un presentimiento fuerte y sentía que mi corazón latía tan duro que podía escucharlo. Fue horrible ese sentimiento. Me paré y fui a la habitación de la niña, no podía creer lo que estaba viendo. Francisco estaba en la cama de la niña y pude ver que tenía una erección aunque tenía su pijama. La niña estaba dormida y la cubría una cobija… ¡eso me descontroló! Empecé a darle golpes, le dije que eso no lo podía perdonar, que lo odiaba y que no quería verlo más. ¡Que se fuera! Él se arrodillo y me pidió perdón llorando, dijo que no sabía por qué estaba haciendo eso, que no tenía justificación y que aceptaba mi decisión. Yo me encerré en la habitación de la niña, la miré por todo lado para ver qué le había hecho. Le había bajado el pantaloncito de pijama, y gracias a que llegué a tiempo no le pasó nada.

Eso fue terrible. Yo lloraba por lo que estaba pasando, no podía dormir pensando en todo y temiendo por lo que él pudiera hacer, pues yo también presentí que él podía atentar contra su propia vida, y no estaba lejos de la realidad. En la mañana cuando él por fin se fue, encontré en el baño un cuchillo. Después supe que intentó suicidarse, sólo que pensó en los niños y no quería causar más dolor. El presidente de la rama fue al único que le conté lo que pasó. No quería que nadie supiera. Había estado asistiendo a la iglesia por corto tiempo y luego dejé de ir. No soportaba tanta preguntadera y no quería dar explicaciones de mi separación tan repentina.

Fue muy dura esa situación. Me tocó seguir sola y responder por mi obligación, en especial en lo económico, pues teníamos la deuda del apartamento en el banco. Francisco seguía sin empleo y estaba quedándose dónde un amigo y no me ayudaba para el niño. Sin embargo mi trabajo aumentó y así poco a poco fui poniendo estable mis compromisos y podía sostener a mis niños, que era lo más importante. Yo sentía que odiaba a Francisco, pero un día me pidió por favor que habláramos. A esa charla hoy en día le encuentro más sentido. Me dijo, “Fui yo quien salió perdiendo en todo esto, y todo desde que me metí a esa iglesia. Yo no era mala persona, nunca me he considerado mala persona. ¡Por qué cuándo yo quería estar mejor con mi familia me pasó esto? Yo nunca he visto a una niña con otros ojos, ni nunca he visto siquiera a las adolescentes…. ¡mucho menos a una niña de 8 años! Yo no sé qué pasó por mi mente esa noche… Sólo espero que algún día me perdones. Me duele mucho haber perdido mi familia así, de la noche a la mañana. Ahora estoy solo y sin poder estar al lado de mi hijo para verlo crecer”. Digo que le encuentro más sentido, ¡porque ahora sé que la iglesia no es verdadera ni uno tiene el espíritu que nos protege de todo mal y peligro! No sé qué fue lo que le pasó a Francisco, pero sí puedo decir de él, que nunca vi que le gustara apreciar a las niñas como a veces pasa con otros hombres, a quienes los ojos se les van por ver niñas o adolecentes.

Yo pensaba cómo pudo suceder eso esa noche, cuando se supone que entre más uno está con las cosas de la iglesia, hay más espiritualidad. Y Francisco, lo que más hacía era estar casi todo el tiempo en la capilla.

Hasta ahí quedó mi segundo matrimonio.

Después de estar sola por casi dos años estaba tranquila, pero un día pensé que debería volver a la iglesia. Era madre soltera y necesitaba una guía para poder criar a mis hijos. Volví y quería cumplir con todo, ser muy fiel con el diezmo, a pesar que mi situación económica (dependía de mi trabajo como estilista, y tenía más trabajo los fines semana, lo que incluía los domingos), pero para poder cumplir con el día de reposo, dejé de trabajar ese día. Fue el tiempo más duro para mí. Yo entregaba muy fiel lo del diezmo y llegó el día en que no tenía nada, absolutamente nada para darles de comer a mis hijos. Ese día lloré de impotencia, porque no me había pasado, tenía cuentas de los servicios para pagar. La iglesia me ayudó con mercado, y para pagar mis facturas. La ironía es que les entregaba el dinero con el que me sostenía, y ellos me hacían la obra una caridad.

Lo único que puedo rescatar de volver a la iglesia fue que volví a ver al misionero que me bautizó, por pura casualidad, y desde que nos vimos hubo algo especial. Nos compartimos el Facebook y nos seguimos comunicando por internet. Gracias a que él trabaja en South West Airlines, podía visitarme muy seguido. Nos casamos. Yo llegué primero a Estados Unidos mientras tramitábamos los papeles de los niños. Mi esposo y yo asistíamos a la capilla, estaba súper entusiasmada de conocer el templo de Salt Lake City, aunque ya venían algunas dudas, desde Colombia. El diezmo era una en especial, pues yo no tenía un testimonio de éste. Nunca tuve una recomendación para el templo, no me sentía digna, pero pensaba que por estar por fin casada con alguien tan especial, un misionero retornado justo como yo lo soñaba, debía prepararme para poder entrar. De todas maneras quería conocer el templo de Salt Lake, aunque sólo por fuera.

Fue tan extraño ese día que por fin lo conocí, porque yo quería y soñaba tanto con ese momento, que no fue como esperaba. Antes, me llenó de más dudas. Un día en la clase de sociedad de socorro (asistíamos a una capilla latina para poder entender), el tema fue del diezmo. Me chocó tanto que una hermana diera su testimonio de que ella pensaba que podía pagar el diezmo trimestralmente, y que cuando hubo una ida al templo y fue a renovar su recomendación, le negaron por no haber pagado a tiempo. Ella casi lloraba de lo arrepentida por su descuido. Yo pensaba, ¿cómo puede ser posible que Dios, siendo un Padre amoroso, niegue la entrada a su casa por eso? O mejor dicho, ¿cómo es que tenemos que pagar para entrar a su casa? Después se sumaron una serie de más dudas; cada vez que asistía a esas reuniones salía con más de preguntas.

Un día hice, lo que tanto dice la iglesia que no debemos hacer: leer artículos no autorizados. Ese día me metí al internet, y tanto era mi temor que yo pensaba que alguien detrás de mi hombro iba a regañarme por dudar de la única iglesia verdadera sobre la faz de la tierra, ¡jajaja! Superado ese temor, empezó un deseo tan grande de conocer y aprender más y más de la historia de la iglesia que no podía parar. Me sorprendía cada vez que descubría algo, como lo de la masonería, el verdadero método que uso José Smith para traducir el Libro de Mormón metiendo la cabeza en el sombrero, lo del libro de Abraham, la masacre de Mountain Meadows, entre otros temas. Lo curioso es que todo lo que leía lo compartía con mi esposo ¡y él ya lo sabía! Y por eso él también estaba un poco desanimado de sus creencias.

Él es tercero en generación de mormones en su familia. Siempre era un poco difícil dejar de creer, pero a pesar de eso, él respetaba mi decisión de no volver a la iglesia, y cada vez encontrábamos más razones para no ir. Lo único que me preocupaba eran sus padres; ellos deseaban que nos selláramos. En un principio mi esposo me decía que lo hiciéramos sólo por darles gusto a ellos, y eso me tenía pensativa hasta que un día dije no. Definitivamente yo no iba a ser hipócrita. No podría decir que creía en José Smith cuando me preguntaran para tener una recomendación. La verdad es que si ellos no me iban a aceptar en su familia por eso, pues qué le podía hacer. Para mí lo más importante era que mi esposo y yo nos amábamos, y no necesitábamos estar esclavizados en una iglesia para poder estar bien con Dios.

La ironía de mi historia es que yo quería tanto casarme por el templo y tanto luché por eso, y justo cuando por fin encontré al hombre ideal para eso, ¡ya no me interesaba! Seguimos creyendo en Dios, y ahora estoy muy feliz con mi esposo. Pienso que algo bueno yo he hecho en mi vida para poder tener a mi lado a un hombre tan especial que me ama. Mis hijos desde hace un año están aquí, les encanta este país, están estudiando y sé que aquí tendrán un mejor futuro. Con el papá de mi hijo llevamos una buena relación. No le guardo rencor por lo que pasó, por el contrario, le deseo lo mejor en su vida. Me siento tranquila fuera de la iglesia, ¡la verdad nos hace libres!

2 Comments on "Mi larga historia en la Iglesia"

  1. me ha conmovido de sobremanera, gracias por compartir tu historia, muy valiente, estoy segura que después de esta experiencia te sentirás mucho mejor, el desahogo es una de las mejores terapias de recuperación.

  2. Elvia Herrera | 26/12/2016 at 7:18 pm | Reply

    Gracias por compartir tu experiencia de verdad lo aprecio.

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