“Mi historia en el mormonismo”

Barranquilla, marzo de 2015

MI HISTORIA EN EL MORMONISMO

En realidad no ha sido fácil escribir esta historia por tratarse de los recuerdos de mi paso por la iglesia, algunos buenos y otros no tanto, pero tratare de ser lo mas exacto posible. Para ser sincero, puedo decir que nunca tuve un testimonio de la iglesia. Al leer algunos libros sobre el proceder de las sectas y ver las técnicas de lavado de cerebro que utilizan, pude reconocer que lo que creí que era un testimonio, no era más que manipulación mental, y esto es algo que confirmo día a día al intentar acercarme a mis antiguos amigos mormones y ver la forma en que dicho lavado cerebral los mantiene en un estado muy parecido al de los Zombis y no logran ver más allá de sus narices. Ellos solo ven por los ojos de sus “lideres”. Antes de que comiences a prejuzgarme, permíteme contarte MI HISTORIA EN EL MORMONISMO.

El primer  encuentro con la iglesia lo tuve a los 10 años de edad, cuando un par de misioneros, curiosamente ambos llamados ELDER RODRIGUEZ, se me acercaron mientras jugaba en la terraza de mi casa con unos insectos. Fue en esa ocasión que a través de la técnica del modelo de compromiso, técnica que  aprendí a utilizar muy bien con los años y, me da pena decirlo, fue motivo para mí de orgullo al poder convencer a muchos sobre la iglesia y sus doctrinas, que estos misioneros se abrieron paso hacia el interior de la casa de mis padres trayendo su nueva religión y causando un cambio sustancial de creencias, amistades, tradiciones, normas y en general de vida.

Al principio yo no acepté ser bautizado. Inclusive, en ocasiones me subía al techo de mi casa sólo para no tener que estar en las “charlas” tan aburridas sobre la iglesia, y para mí era preferible una o dos horas del inclemente sol de la costa colombiana que la tediosa hora con los mormones. En esa ocasión solamente se hicieron miembros mi madre, una de mis hermanas y uno de mis hermanos, aunque éste último la verdad no lo hizo muy convencido que digamos.

Al cumplir 16 años de edad, y estando en uno de los momentos más difíciles de nuestra familia, fui bautizado en la iglesia, siendo para los misioneros, y eso lo decían ellos, un “investigador de oro”, ya que debido a mi gusto por la lectura y el estudio (para ese tiempo ya había leído La Biblia de tapa a tapa la primera vez y El Libro de Mormón un par de veces, además de varios manuales de instituto y algunos libros de doctrina, tales como Doctrina mormona, Doctrina del evangelio, los tres tomos de Doctrina de salvación, Jesús el Cristo, La fe precede al milagro, Los Artículos de fe de J.E.Talmage, Enseñanzas del profeta José Smith, La Casa del Señor, El Día de la defensa, El sacerdocio en acción, entre otros). Por tal motivo, se podría decir que “sabía” más que los misioneros que me enseñaban, lo cual ellos siempre lo reconocían. A esto no lo digo por jactancia ni mucho menos, sólo para que tengan una idea del conocimiento doctrinal del mormonismo que manejaba a tan corta edad, por lo que mi “conversión” fue hecha a conciencia y con la convicción de estar entrando en la “Iglesia de Cristo”. Vaya sorpresa la que me esperaba. Cabe señalar, que todos esos libros que mencioné se compraban a través de la iglesia, por lo que no me explico el por qué hoy día estos son materiales “no oficiales”.

A pesar de la dura oposición que tuvimos que enfrentar por parte de mi papá para con la iglesia (lo que más tarde, sumado a otros problemas, llevó al divorcio de mis padres) y a pesar de mis muchos defectos e imperfecciones, siempre traté de manejarme dentro de lo que se esperaba de mí como miembro. En los primeros meses como miembro fui “bombardeado con amor”, lo que ayudó en gran parte a sentirme seguro en el ambiente de la iglesia y a abrazar el mormonismo con las bases de “buenas amistades”. Siempre fui “invitado”, o más bien acosado, con lo de la misión. De verdad yo sí quería ir, pero mi situación en realidad me lo imposibilitaba, pues a mis 19 años no contaba con el apoyo económico de nadie, lo que me trajo gran cantidad de problemas en los que tanto mis padres como mis “líderes” siempre estuvieron ausentes. Por tal motivo nunca fui a la misión, lo que para mi fue causa de inmenso pesar incluso años después cuando ya estaba casado y con hijos, pues siempre los sentimientos de culpa me atormentaban puesto que la “misión” era un deber y el dejar de cumplirlo era un grave pecado. Qué tristeza el que la iglesia y sus líderes se hicieran de la vista gorda ante los problemas por los que enfrentaba una de sus “ovejas” y continuaran ejerciendo presión de la forma más desconsiderada con el solo propósito de sumar un número más en su listado de “misioneros en el campo”, lo que me llevó a comprender que en ésta iglesia valían más las cifras que las almas.

En cierta ocasión, unos años después, mientras buscaba en internet algo sobre las noticias de la iglesia (y es de destacar que en ese entonces no había el caudal de información que hay hoy día), al escribir en la barra de búsqueda la palabra “mormones”, encontré información sobre el Templo y sus “similitudes” con la masonería, lo que me pareció interesante por lo que decidí imprimir dicha información. Cometí el error de mostrárselo a mis “hermanos en Cristo”, y fue en ese momento que experimenté lo que se vive cuando se te rotula como apóstata. Casi inmediatamente se desplegó contra mi una serie de chismorreos, algo muy raro en la iglesia por cierto (sarcasmo), por estos temas, lo que me causo mucho pesar dada mi buena reputación, para luego ser tildado de “apóstata” y quien sabe de que más. El contraste de todo ese mar de mala energía e hipocresía con las explosiones de amor de cuando era recién converso me empujaron fuera de la iglesia. No me cabía en la cabeza que en la Iglesia de Cristo hubiese tal cantidad de hipocresía: sí sabía que la cizaña crecía junto al trigo y todo eso, pero acá parecía que me encontraba en medio de una plantación de la cizaña más excelsa, por lo que casi que humillado dejé de asistir. Por desgracia no continúe investigando esos temas tan interesantes por demás, pues todo esto, pensaba yo, había sido un “grave error”.

Luego de unos años, ya con familia propia, esposa y dos hijos, y motivado por diferentes circunstancias en las que se cuentan situaciones llenas de sentimientos y algunas que podrían ser tildadas de sobrenaturales, regresamos a la iglesia. Nuevamente recibimos otro bombardeo de cariño y buena voluntad por parte de los miembros de una rama a la que llegamos. En dicha rama logramos la tan anhelada meta de ser sellados como familia en un “Santo Templo”. Tuve algunos llamamientos, tales como secretario de rama, luego segundo y primer consejero de presidencia de rama (lo mismo que obispado) y después se me hizo la entrevista para ser miembro del sumo consejo de la estaca, llamamiento que en realidad necesitaba debido al agotamiento espiritual que sentía causado por el exceso de trabajo que la rama significaba para mí.

Esto no sólo me causó mucha desilusión, sino también se podría decir que descontento, pues luego de dedicar tantas horas de mi tiempo al “servicio” ingrato de la rama, contrario a ser aliviado, me esperaba un aumento de dicho servicio, que en lugar de ser para las personas es más de carácter administrativo, por lo que tomamos la decisión, junto con mi familia, de mudarnos de ciudad.

Hasta ese punto me llevó la exigente forma de servir en la iglesia, donde se te demanda mucho y se te entrega poco, donde me parecía una especie de burla que se nos “mandara” a compartir tiempo con nuestras familias, pero a la vez la exigencia de tiempo y esfuerzos era tal que imposibilitaba el poder cumplir con este “mandato”, y casi no compartía tiempo con mi esposa e hijos. Por eso, y más por ellos que por mí, realizamos dicho traslado.

Al llegar a mi nuevo barrio nuevamente se nos “bombardeo con amor”, pero ya con el pleno conocimiento de que la revelación no era más que una falacia para evitar que los miembros rechazaran o renunciaran a sus “llamamientos” gratuitos. Le pedí  a “mi obispo” que no me hiciera ningún llamamiento por el momento, a lo cual él hizo caso omiso llamándome como consejero en el sacerdocio con la excusa de que él no podía oponerse a Dios, como si yo no supiera cómo era elasunto. En dicho cargo nunca presté servicio por sentirme obligado de una manera descarada, y además, fue por esa época que nuevamente buscando temas de la iglesia en internet, me topé con el mar de información sobre la iglesia y su historia de falacias, y volvieron a mi memoria las anécdotas del pasado. Ahora con madurez y con pleno control de mis pensamientos y emociones, lo que adquirí en el servicio del obispado al darme cuenta de los verdaderos procederes de los líderes y sus supuestas “revelaciones”, a las cuales yo llamaría tráfico de influencias, decidimos hacernos a un lado de la iglesia y ser felices con lo que somos y tenemos.

Es algo desmotivador el hecho de que el grato recibimiento al que somos sometidos cuando llegamos es completamente opacado por el rechazo y el desdén con el que se nos trata cuando nos hacemos ex mormones. En varias ocasiones al dirigirme a los que consideraba mis amigos sólo encontré rechazo. Está bien que ya no tenía sus mismas creencias, pero yo sentía respeto y cariño por muchos de aquellos ingratos amigos mormones quienes, sin ningún tipo de conciencia, mostraron la verdadera cara de los “amigos y hermanos”, y pusieron de manifiesto la hipocresía que se nos inculca de manera indirecta, mostrando así la verdadera “cultura de la iglesia”.

Ahora puedo decirles que he redescubierto a mi esposa y a mis hijos; el tiempo que ahora compartimos es de verdad hermoso y gratificante, algo que nunca logramos con las noches de hogar. Cuánto tiempo desperdicie detrás de una vana ilusión de “exaltación en los mundos eternos” alimentada por cantidades enormes de mentiras y engaños y por el deseo de alcanzar la felicidad en esta vida de la forma en que me lo pintaba el mormonismo. Ahora puedo decir que la vida familiar es realmente una forma de encontrar la felicidad; además, el ayudar a otros y servirles en sus verdaderas necesidades realmente nos trae gozo y nos une en verdadera hermandad al dar bondad y recibirla, cosa contraria a las muchas horas del “trabajo esclavizante” que la iglesia mal llama “servicio”. Podría decir que la iglesia sería más exitosa, viendo el éxito más para el lado de los miembros que para el de los dueños de la iglesia, si le quitaran esa carga de trabajo a los miembros y les permitieran realmente hermanarse a través del servicio y la camaradería.

Hoy no soy perfecto ni busco serlo, lo que me ha quitado una enorme carga de culpa, pero me siento en el camino que lleva a la felicidad, ese camino del que me había sacado el mormonismo.

Yilmar Ruiz.

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Si le gustaría compartir su historia en la Iglesia, contáctenos a manuel@pesquisasmormonas.com

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