“Y no seré feliz, pero estoy casada”. Violencia de género, 2a parte

Puede leer la primera parte del ensayo aquí.

Los sellamientos se anulan, los divorcios se logran, los bienes se dividen. La vida encuentra su camino. Las mujeres sud padeciendo este flagelo, y el hombre violento es avalado por la falsa imagen de pulcritud y rectitud que da cada domingo en la capilla con su camisa blanca y la sonrisa de político en plena campaña. Autosilenciadas, manipuladas por la culpa y el miedo, por las promesas grabadas a fuego y las amenazas que no suenan tan terribles cuando las pensamos más tarde, salvo cuando se las contamos a alguien que no es miembro de la iglesia y se agarra la cabeza.

Calladas, con esperanza, aguardando al milagro, al cambio en el corazón, que tal vez quedaríamos viudas (y este es un recurso mental de una persona que no ve salida y no se da cuenta que tomando decisiones sí puede salir de ahí sin tener que fantasear con una tragedia; y no estamos hablando de matarlo, sino del deseo de la mujer de que Dios se lo lleve mediante algún accidente o una  enfermedad).

Anestesiadas, cumpliendo cada día con las oraciones, los ayunos, las noches de hogar, las actividades, preparar a los niños para la capilla, a veces yendo sola, embarazada y con un niño pequeño, cumpliendo. Yendo a dormir con esperanzas, despertando con las nuevas luchas del día. Algunas graves, algunas muy leves, y todas perpetuando un martirio diario, reforzando la idea de indefensión, quebrando la voluntad y destrozando la autopercepción y la autoestima.

Mis mayores confesores eran los diarios personales, año tras año, en ese matrimonio. Ocho años de diarios, ¿tienen idea de la cantidad de cuadernos que son? Me espantó el día que leí uno antiguo y no había diferencia con lo que contaba en el más reciente. Las penas iguales, las frases, las palabras… Sus modus operandi, los ciclos tóxicos. La rueda de hámster en donde no sabía que estábamos. Cegada, ignorada, rechazada, humillada, violentada.

Como una punta de ovillo, me gustaría dejarte con unas preguntas a modo de autorreflexión.

Y yo, casi nunca salía de la casa. Me costó horrores llegar a ver a la abogada. Nos juntamos en la cafetería de una estación de servicio. Sentía que estaba haciendo algo terrible. Ella abrió los ojos grandes y me dijo: responde con sí o con no.

¿Te ignora? ¿Te insulta? ¿Te miente? ¿Te esconde el dinero? ¿No te deja trabajar? ¿Golpea paredes, mesa, cosas con los puños? ¿Rompe cosas tuyas? ¿Te quita tus cosas y amenaza con romperlas? ¿Te revisa el celular? ¿Te desprecia? ¿Te descuida si estás enferma? Si no trabajas, ¿te da dinero? ¿Miente sobre cuestiones referidas a decisiones matrimoniales? ¿Toma decisiones solo? ¿Realiza actividades solo? ¿Se va y no da explicaciones? ¿Te amenaza? ¿Te empuja? ¿Te escupe? ¿Te violenta sexualmente? ¿Te culpa? ¿Es agresivo con los niños? ¿Se ocupa de algo en la casa? ¿Se ocupa de los niños a nivel de salud? ¿Podrías decir que el trato es cordial? Si hay un problema, ¿lo resuelve dialogando? ¿Resuelve cuestiones del matrimonio con otras personas? ¿Te rebaja? ¿Te abandona? ¿Te ahorca? ¿Te tira cosas? ¿Te pega? ¿Te grita? ¿Se burla? ¿Te manipula? ¿Te aísla de tu familia y amigos? Si las respuestas son afirmativas, él está infringiendo la ley.

Hay penas por romper las leyes. Hay derechos que las víctimas pueden ejercer en el tiempo en que están sufriendo este tipo de tratos. Los niños no les son quitados a la mamá. No en términos generales.

Le dije que sí hacía la mayoría de esas cosas, pero que no era para tanto. (Disonancia cognitiva).

La abogada me vio dudar. Yo no lo podía creer. No podía creer los pasos que tenía que tomar para salirme de eso. Y hacía meses que él no quería hablar conmigo de separarnos, y la convivencia cada vez se tornaba más y más hostil. Él deseaba vivir juntos pero separados, una cosa patológica y dañina que no se la deseo ni a mi peor enemigo. La abogada me dijo: “Llamame cuando estés lista. De acá a una semana, a un mes, a un año, tu situación va a seguir igual. Él no va a cambiar. De hecho, va a empeorar”.

Y así fue, por eso un mes y medio más tarde decidí llamarla.

No tenía el apoyo moral de mi familia para separarme. Mi mejor amiga en ese tiempo, que también es miembro, me dijo que no podía acompañarme más en ese camino con mi depresión tan fuerte, y recuerdo patentemente el domingo que entraba yo a la primaria para enseñar las canciones a los niños y ella como presidenta me dijo estas cosas, y aún que no estaba de acuerdo con lo que estaba por hacer. Tenía también la fuerte presión de los líderes o su ausencia, condescendencia y rechazo. El obispo entonces pensaba que obligándome a ir al templo yo cambiaría de parecer. Cuando me entrevistaba y me escuchaba, yo creo que me creía, pero luego lo entrevistaba a mi esposo y también le creía, por lo tanto su posición siempre fue imparcial sin poder verdaderamente ayudarme con todo lo que estaba padeciendo. Y de verdad, como conté al principio, si la mamá no está bien, los hijos no están bien. Primero tienen que estar bien los adultos, especialmente aquel a cargo de las criaturas. Yo estaba siendo acusada de estar poseída, y lo digo en serio, y fue un tema que duró bastante tiempo. Una de las noches en una cruzada de caza de brujas, vinieron el obispado entero a darme una bendición sin que yo la hubiera solicitado. ¿Y qué les voy a decir? No me acuerdo casi nada de esa noche, pero sí acepté que me den la bendición y bajé la cabeza totalmente obligada. Lo cierto es que debería haberlos echado a himnariazos de mi casa. ¿No?

Y ya me había ido feo en una entrevista de renovación de la recomendación para el templo, así que al presidente de estaca ni lo busqué para pedir ayuda, y él jamás se acercó, siendo que mi caso trascendió y no pasábamos desapercibidos dado la trayectoria familiar que tengo dentro de la iglesia, la que asciende a mis abuelos como pioneros en mi país.

Y si ponen a hacer cuentas, estaba sola porque todo mi entorno social más allegado y conocido estaba en total desacuerdo con lo que yo estaba decidiendo para el final de ese matrimonio nefasto. Y pensar que en algún momento, al poco tiempo de casados, me sentí como Isaac siendo llevada a la cima de la montaña y sintiendo que Jehová frenaba la mano de mi asesino, en simbolismo de que la prueba se terminaba solo porque mi esposo en ese momento me había engañado y luego decidido dejarla y dar otra oportunidad al matrimonio. Me obligué a seguir con él y perdonarlo… y todo por el adoctrinamiento. Pero eso es tema para otro capítulo.

Lo cierto también es que, sin los pilares externos de salud mental, los terapeutas psicológicos y psiquiátricos, en caso de necesitarlo, además de la debida ayuda legal de un letrado en leyes, no se sale de una relación desigual de subordinación, manipulación y maltrato.

En su libro Sanando del abuso y el abandono, Janene Baadsgard, una periodista mormona que se ha especializado en escribir sobre relaciones familiares dice:

Queriendo tanto ser amadas, toleramos comportamiento abusivo, pensando que estamos siendo humildes al perdonar. Las víctimas quieren creer que el abuso eventualmente terminará porque los abusadores a menudo se disculpan y prometen que van a cambiar. Por la razón de que nadie quiere que las relaciones importantes fracasen ni que sus reputaciones sean opacadas, el abuso es frecuentemente negado, tolerado y escondido. Peor aún, el abuso continúa porque la víctima cree que ella se merece ese trato cruel. Si las víctimas no reportan el comportamiento destructivo a profesionales fuera de la relación, el abuso continuará. Si nuestros esfuerzos no paran el abuso, no tenemos ninguna obligación de continuar con la relación.

Este libro me hizo mucho bien en su momento. Fue de gran ayuda y estaré citando a esta autora, entre otros, cada tanto.

Finalizando el encuentro de hoy, quiero leer un cuento corto de cinco capítulos que encontré hace mucho y que describía mi vida de una manera espeluznante.

Capítulo 1
Camino por una calle. Hay un grano pozo en la vereda. Me caigo dentro. No es mi culpa. Me lleva una eternidad salir.

Capítulo 2
Camino de nuevo por la misma calle. Hay un gran pozo en la vereda. Me hago la que no lo veo. Me caigo dentro de nuevo. No puedo creer que estoy en este mismo pozo de nuevo! Pero no es mi culpa. Me lleva un largo tiempo salir.

Capítulo 3
Camino por la misma calle. Hay un gran pozo en la vereda. Lo veo. Me caigo dentro, ya es un hábito. Pero mis ojos están abiertos. Yo sé dónde estoy. Admito que es mi culpa. Salgo inmediatamente.

Capítulo 4
Camino por la misma vereda. Hay un profundo pozo en la vereda. Camino alrededor de él.

Capítulo 5
Camino por una calle diferente.

 

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