Episodio 204: De cómo el fundador de la arqueología mormona perdió su fe

Pesquisas Mormonas Episodio 204: De cómo el fundador de la arqueología mormona perdió su fe
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Ensayo original en inglés de la Science Magazine: “How a Mormon lawyer transformed archaeology in Mexico—and ended up losing his faith

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Cómo un abogado mormón transformó la arqueología en México y terminó perdiendo su fe.

Thomas Stuart Ferguson yacía en su hamaca seguro de haber encontrado la tierra prometida. Había estado lloviendo durante cinco horas en su campamento en el México tropical en la tarde de enero de 1948, y hacía rato que sus tres compañeros se habían quedado dormidos. Pero Ferguson estaba vibrando de emoción. Deseoso de contarle a alguien lo que había visto, corrió bajo el aguacero para tomar el papel de su bolsa de suministros. Refugiado tras la tela mosquitera de su hamaca, encendió su linterna y comenzó a escribir una carta a casa.

«Hemos descubierto una gran ciudad aquí en el corazón de la tierra de ‘Abundancia’», escribió Ferguson. Según el Libro de Mormón, Abundancia fue una de las primeras áreas asentadas por los nefitas, personas antiguas que supuestamente navegaron de Israel a las Américas alrededor de 600 a. de C. Siglos más tarde, según la escritura, Jesús se apareció a los nefitas en la misma región después de Su resurrección. Los mormones como Ferguson estaban seguros de que estos eventos habían ocurrido en las antiguas Américas, pero los debates se desarrollaban sobre cómo sus tierras sagradas se mapeaban en la geografía del mundo real. El Libro de Mormón solo daba pistas dispersas, hablando de un istmo estrecho, un río llamado Sidón, y tierras al norte y al sur ocupadas por los nefitas y sus enemigos, los lamanitas.

Después de años de estudiar mapas, escrituras mormonas y crónicas españolas, Ferguson llegó a la conclusión de que el Libro de Mormón se llevó a cabo alrededor del istmo de Tehuantepec, la parte más estrecha de México. Había venido a las selvas de Campeche, al noreste del istmo, para encontrar pruebas.

Cuando el guía local del grupo se abrió paso a través de la maleza con su machete, esa prueba pareció materializarse ante los ojos de Ferguson. «Hemos explorado cuatro días y hemos encontrado ocho pirámides y muchas estructuras menores y hay más a cada paso», escribió sobre las ruinas que él y sus compañeros encontraron en la costa occidental de la Laguna de Términos. «Cientos y posiblemente varios miles de personas deben haber vivido aquí en la antigüedad. Este sitio nunca ha sido explorado antes».

Ferguson, que se graduó como abogado, abrió una nueva e importante posibilidad sobre el pasado de Mesoamérica. Su búsqueda eventualmente estimuló expediciones que transformaron la arqueología mesoamericana descubriendo rastros de las primeras sociedades complejas de la región y explorando un área no estudiada que resultó ser una encrucijada cultural crucial. Incluso hoy en día, el instituto que fundó sigue activamente dedicado a la investigación. Pero las pruebas de evidencias mormonas lo eludió. Su misión lo llevó cada vez más lejos de su fe, y finalmente lo sacó de su convicción religiosa. Ferguson puso su fe en manos de la ciencia, sin darse cuenta de que eran las fauces del león.

Pero esa noche, acostado en su hamaca escuchando la lluvia y el rugido ocasional de un jaguar en la distancia, Ferguson se sentía más seguro que nunca de que las civilizaciones mesoamericanas habían sido fundadas por inmigrantes del Cercano Oriente, tal como lo había enseñado su religión. «Ahora», pensó, «¿cómo convencer al resto del mundo?»

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (SUD) no toma una posición oficial sobre dónde ocurrieron los eventos en el Libro de Mormón. Pero los fieles han estado tratando de descifrarlo prácticamente desde 1830, cuando el fundador de la Iglesia, José Smith, publicó lo que dijo que era un relato divinamente inspirado de las antiguas Américas. Smith dijo que un ángel lo había llevado a descubrir antiguas planchas de oro, que desenterró y tradujo como el Libro de Mormón. El relato de Smith sobre las maravillas enterradas era uno de los muchos en los Estados Unidos en ese momento. A medida que los colonos blancos se movían hacia el oeste, se encontraron con montículos llenos de esqueletos y artefactos, incluyendo hermosas cerámicas y ornamentos. Los periódicos, incluidos los de la ciudad natal de Smith, Palmyra, en Nueva York, se llenaron de especulaciones sobre quiénes eran los «constructores de montículos» y cómo a desarrollaron a su refinada cultura. Muchos colonos, cegados por el racismo, concluyeron que los constructores de montículos, (ahora conocidos como sociedades agrícolas indígenas), fueron personas que se separaron de su civilización y que habían sido exterminadas por los antepasados violentos de los nativos americanos. El Libro de Mormón, con su saga de justos, nefitas blancos y malvados, lamanitas de piel oscura, se hizo eco de estas ideas.

El Libro de Mormón también habla de extensas ciudades antiguas, ninguna de las cuales había sido encontrada en los Estados Unidos. Así que en la década de 1840, los mormones, incluido el propio Smith, prestaron atención las historias de visitas a las ruinas de las ciudades mayas en México y Guatemala. En 1842, como editor de un periódico mormón, Smith publicó extractos de un libro sobre las ruinas de la ciudad Maya de Palenque en México, con el comentario: «Incluso los más incrédulos no pueden dudar… que estas maravillosas ruinas de Palenque se encuentran entre las obras más imponentes de los nefitas, y el misterio está resuelto».

Pero los no mormones continuaron dudando, y las autoridades de la Iglesia se retiraron gradualmente de las declaraciones explícitas sobre las ubicaciones del Libro de Mormón. En la década de 1930, cuando Ferguson se enteró de las civilizaciones mesoamericanas como estudiante de primer año de bachillerato en la Universidad de California en Berkeley, el asunto se había dejado en manos, en gran parte, de aficionados que estudiaban los mapas y el Libro de Mormón en busca de correspondencias.

Ferguson no estaba impresionado por sus esfuerzos. «La mente interesada e inquisitiva del investigador moderno no está satisfecha con explicaciones que son vagas, erróneas e ilógicas», escribió en un artículo en una revista de la Iglesia en 1941. Para ese entonces era un estudiante de derecho en la Universidad de California en Berkeley, y estaba muy interesado por la idea de probar científicamente la revelación de Smith. En una carta posterior, escribió: «Esta es la única Iglesia en la faz de la tierra que puede ser sometida a este tipo de investigación y verificación». Y en otro, para el liderazgo SUD, declaró: «El Libro de Mormón es falso o verdadero. Si es falso, las ciudades [antiguas] que se describen en él no existen. Si es verdadero, como sabemos que es, las ciudades estarán allí».

Alto y guapo, con el diploma de abogado y autoridad para la práctica de derecho, Ferguson confiaba en que las herramientas de la ciencia podrían persuadir al mundo de la veracidad del Libro de Mormón. Poco después de terminar la universidad, comenzó a buscar pistas en documentos coloniales que registraron algunas de las tradiciones indígenas de América Latina. Uno, escrito alrededor de 1554 por un grupo de aldeanos mayas K’iche ‘en las tierras altas de Guatemala, declaró que sus ancestros —«hijos de Abraham y Jacob»— habían navegado a través de un mar para llegar a su tierra natal. Los K’iche ‘fueron derrotados por los conquistadores españoles en 1524, y las referencias bíblicas probablemente fueron producto del contacto con los sacerdotes católicos, quienes convertieron con entusiasmo tanto a los aliados como a los antiguos enemigos.

Pero Ferguson, que había crecido en una familia mormona en Idaho, tomó con entusiasmo tal sincretismo como prueba de que los israelitas se habían establecido en las Américas. También lo conquistó el mito de Quetzalcóatl, la deidad que se representa como una serpiente emplumada y que algunos sacerdotes coloniales describieron como un hombre blanco barbudo. Ferguson concluyó que él era Jesús, apareciendo en Abundancia después de su resurrección, tal como lo registra el Libro de Mormón. Su investigación en la biblioteca estimuló su primera búsqueda de evidencia arqueológica, en Campeche en 1948.

Ferguson se dio cuenta, sin embargo, de que las fuentes coloniales representaban evidencia circunstancial en el mejor de los casos. Tampoco era suficiente encontrar ruinas de civilizaciones pasadas en el lugar más o menos correcto, como había hecho en Campeche. Para persuadir y convertir a los no-mormones —una prioridad para los mormones—, buscó los objetos mencionados en el Libro de Mormón que los arqueólogos no habían encontrado en Mesoamérica: caballos, carros con ruedas, espadas de acero y, lo más importante, la escritura hebrea o egipcia. «La prueba final de nuestra fe acerca de la geografía del Libro de Mormón será el trabajo arqueológico en el terreno», escribió Ferguson en 1951 a su amigo J. Willard Marriott, el rico fundador de la cadena de hoteles Marriott y una figura poderosa en la Iglesia.

La idea de Ferguson de que las sociedades mesoamericanas fueron sembradas por las civilizaciones occidentales es hoy ampliamente reconocida como racista. Pero encajaba con el pensamiento arqueológico de la época, cuando los arqueólogos mesoamericanos se interesaban por la cuestión de si las civilizaciones habían evolucionado independientemente en las Américas o si tenían raíces en otros lugares. «En las décadas de 1940 y 1950, estas eran las cuestiones que todos investigaban», dice Robert Rosenswig, arqueólogo de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Albany.

Ferguson nunca recibió una educación formal en arqueología. Ejerció el derecho para sustentar su creciente familia (eventualmente tuvo cinco hijos), así como su investigación. Pero en 1951, reclutó a arqueólogos destacados para explorar el origen de la civilización mesoamericana como parte de una nueva institución, la Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo (NWAF). El primero que reclutó fue el renombrado investigador Alfred Kidder de la Universidad de Harvard y la Carnegie Institution for Science en Washington, DC. Kidder pensaba que las civilizaciones mesoamericanas se habían desarrollado de manera independiente, pero él y Ferguson se habían reunido en un museo en la ciudad de Guatemala en 1946 y se mantuvieron en contacto por correo.

Kidder es reconocido como «el mejor arqueólogo [mesoamericano] del siglo XX», dice el arqueólogo John Clark, de la Universidad de Brigham Young (BYU) en Provo, Utah, quien dirigió NWAF desde 1987 hasta 2009. Para poner a Kidder en el proyecto, dice Clark «No hay duda de que Ferguson tenía que ser un tipo carismático». También se reclutó a Gordon Ekholm, un antropólogo del Museo Americano de Historia Natural en la ciudad de Nueva York, quien pensaba que las civilizaciones mesoamericanas tenían sus raíces en las culturas asiáticas avanzadas.

El momento fue más que oportuno. Se acababa de descubrir la datación por radiocarbono, y Ferguson reconoció de inmediato su potencial para rastrear los orígenes de las culturas mesoamericanas. «Este es el mayor desarrollo desde el comienzo de la arqueología», escribió a los líderes SUD. «Soy de la opinión personal de que el Señor inspiró [la datación por radiocarbono] para que pudiera usarse efectivamente en relación con el Libro de Mormón».

Sin embargo, los primeros años de la NWAF fueron una lucha desesperada para conseguir dinero. Ferguson contribuyó con miles de su parte y recaudó fondos de los mormones ricos y del público en sus conferencias sobre la geografía del Libro de Mormón. En 1952, la NWAF logró enviar un puñado de arqueólogos estadounidenses y mexicanos para estudiar la cuenca de drenaje del río Grijalva en Tabasco y Chiapas, que Ferguson creía que era el río Sidón del Libro de Mormón.

Para este punto, Ferguson se había vuelto más exigente acerca de los períodos de tiempo que lo que había estado en las selvas de Campeche. Las ruinas que encontró allí eran probablemente mayas clásicas o posclásicas, entre 250 d. C. y la conquista española, demasiado tarde para ser la civilización más antigua de Mesoamérica o el período mencionado en el Libro de Mormón, que se cree que es aproximadamente 2200 a. de C. al 400 d. C. «Nunca resolveremos los orígenes pre-Mayas desenterrando más Mayas», escribió Ferguson a Kidder en abril de 1953. Necesitaban sitios del período Formativo, que datan de aproximadamente 2000 a. C. al 200 d. C., que coinciden aproximadamente con las fechas asociadas con el Libro de Mormón.

En mayo de 1953, Ferguson llegó a Chiapas para echar una mano. «Él estaba bastante alarmado de que no hubiéramos encontrado nada notable, porque sentía que tenía que tener algo espectacular para ir a buscar más dinero para investigar un año más», recuerda John Sorenson, que en ese entonces era un estudiante de máster en arqueología en BYU (y mormón). Para iniciar la búsqueda, Ferguson alquiló un pequeño avión, y él y Sorenson volaron sobre las exuberantes tierras bajas del centro de Chiapas. A quince kilómetros al sureste de la capital del estado, Tuxtla Gutiérrez, divisaron los montículos y plazas del sitio antiguo de Chiapa de Corzo, —que entonces era desconocido para los arqueólogos. Las excavaciones posteriores de la NWAF dataron la ciudad en el período Formativo.

De vuelta en el suelo, Ferguson y Sorenson partieron en jeep en una investigación de diez días para ver qué más podían encontrar. «Fuimos de un sitio a otro, de ciudad en ciudad, preguntando ‘¿Hay ruinas por aquí?’», Dijo Sorenson, quien recibió un doctorado en antropología de Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), y ahora es profesor emérito en BYU. Ferguson también preguntó a los lugareños si habían encontrado figuras de caballos, desconocidos en la antigua Mesoamérica, o fuentes de mineral de hierro, preguntas que Sorenson encontró ingenuas. Pero su propio entrenamiento arqueológico valió la pena, y en algunos sitios pudo identificar la cerámica pulida, monocromática y las figurillas humanas irregulares por haber sido esculpidas a mano, del período Formativo, tan diferentes de las figurillas intrincadas pero estandarizadas que los Mayas clásicos habían hecho de moldes. En total, Sorenson y Ferguson examinaron veintidós sitios en ese viaje y recolectaron una cantidad asombrosa de artefactos formativos. «En mi humilde opinión, hay poca o ninguna duda al respecto, son de fabricación nefita», escribió Ferguson a los financiadores de su Iglesia.

En 1954, las autoridades SUD otorgaron a la NWAF 250,000 dólares por cinco años de trabajo. Las excavaciones intensivas en Chiapa de Corzo descubrieron pirámides de piedra y tumbas, y una gran cantidad de cerámica que impresionó al antropólogo de la Universidad de Pensilvania John Alden Mason, y que luego trabajó con la NWAF. «Dado que la cerámica preclásica no es muy común en ninguna parte y que ésta, en esa región, es completamente nueva; es, por supuesto, una contribución científica muy importante», escribió Mason a Ferguson. Finalmente, los arqueólogos informaron que el sitio se asentó alrededor del 1200 a. de C., probablemente por personas relacionadas con los Olmecas, una civilización primitiva que dominó la costa del golfo de México desde 1200 a. de C. hasta 400 a. de C., siglos antes de que surgiera la civilización Maya clásica.

Luego, a principios de la década de 1960, los arqueólogos de la NWAF se convirtieron en los primeros en excavar extensamente en Izapa, cerca de la costa de Chiapas y la frontera con Guatemala. Fueron atraídos al sitio en parte debido a un monumento que, aparentemente, representaba un mito que involucraba un árbol; el amigo de Ferguson y fundador del departamento de arqueología de BYU, M. Wells Jakeman, argumentó que la talla mostraba la visión recibida en un sueño por el profeta mormón Lehi. Los arqueólogos de la NWAF, algunos de los cuales eran mormones, rechazaron luego categóricamente esa interpretación. Pero Izapa resultó ser un sitio clave en el Soconusco, la región de la costa del Pacífico desde la cual todos los poderes políticos mesoamericanos, desde los Olmecas en 1200 a. de C. hasta el imperio Azteca a principios del 1500 d. C., obtuvieron artículos de lujo clave, como el cacao y las plumas de quetzal. La NWAF encabezó las excavaciones en toda esta región. Los hallazgos de cerámica y las fechas de Izapa y otros lugares formaron la base de las cronologías cerámicas para el período Formativo que todavía son utilizadas por todos los arqueólogos que trabajan en la zona central y costera de Chiapas en la actualidad.

«Estaban trabajando en una parte de Mesoamérica que era realmente desconocida», dice Michael Coe, un influyente arqueólogo y profesor emérito mesoamericano de la Universidad de Yale que, en ese momento, estaba inspeccionando sitios formativos en la frontera de Guatemala. «NWAF lo puso en el mapa».

Pero a pesar de que la NWAF creció en estatura científica y finalmente se aseguró la existencia continua cuando la BYU se hizo cargo de ella en 1961, Ferguson se estaba frustrando silenciosamente. La pista conclusiva e irrefutable que él había estado seguro que encontraría, como una escritura egipcia o hebrea, resultó ser difícil de alcanzar. Había prometido que la evidencia arqueológica para el Libro de Mormón se encontraría dentro de los diez años posteriores al inicio de las excavaciones de NWAF. Pero en 1966 escribió: «Mi objetivo número uno era de establecer que Cristo apareció en México después de su crucifixión nunca se logrará hasta que se realicen importantes descubrimientos de manuscritos antiguos. Espero que suceda durante nuestras vidas».

Sin embargo, cuando llegó el descubrimiento de un manuscrito antiguo, era de una parte diferente del mundo, y sacudió la fe de Ferguson hasta su propio centro.

En el verano de 1835, José Smith recibió a un curioso visitante en Kirtland, Ohio, el cuartel general de su floreciente Iglesia SUD: un vendedor ambulante, con cuatro momias egipcias y algunos textos jeroglíficos. La Iglesia compró las momias y los textos, y Smith dijo que tradujo los jeroglíficos, dando como resultado el Libro de Abraham, que expone la visión cósmica de Smith de la vida después de la muerte. (Aunque los jeroglíficos egipcios se habían descifrado en Francia en 1822 con la ayuda de la piedra Rosetta, la noticia apenas había llegado a las costas de los EE. UU.). Cuando Smith y sus seguidores se desplazaban por el medio oeste, a menudo huyendo de turbas enojadas, se llevaban a las momias y los papiros con ellos. Después de la muerte de Smith a manos de una de esas turbas en Nauvoo, Illinois, las reliquias fueron vendidas por su familia.

El destino de las momias sigue siendo un misterio. Pero en 1966, un profesor de la Universidad de Utah que examinaba artefactos en el Museo Metropolitano de Arte de la ciudad de Nueva York se encontró con once papiros egipcios con un certificado de venta de 1856 firmado por la viuda de Smith, Emma. El profesor se dio cuenta de que estaba mirando los papiros del Libro de Abraham, y los documentos fueron devueltos a la Iglesia mormona.

Ferguson se enteró de las noticias de un artículo de portada en el periódico Deseret News el 27 de noviembre de 1967. A los pocos días, le escribió a un amigo del liderazgo de la Iglesia, rogando saber si se estudiarían los papiros. Al escuchar que no se había planeado estudiarlos, Ferguson, como siempre, tomó el asunto en sus propias manos. Recibió fotos de los documentos de la Iglesia y contrató a egiptólogos de la Universidad de Berkeley para traducirlos. No les dijo nada a los eruditos sobre el significado religioso de los papiros. «Estaba llevando a cabo, claramente, una prueba de fe», dice Clark.

Los resultados empezaron a llegar 6 semanas después. «Creo que todos estos son escritos del Libro de los Muertos de Egipto», escribió el egiptólogo de la Universidad de Berkeley, Leonard Lesko, a Ferguson. Otros tres académicos dieron a Ferguson de forma independiente el mismo resultado: los textos eran auténticos escritos del Egipto antiguo, pero representaban uno de los documentos más comunes en esa cultura.

Después de décadas de enfatizar la importancia del método científico y usarlo para apuntalar su propia fe, Ferguson ahora se encontraba a su merced. «Debo concluir que José Smith no tenía la ni la más remota idea de qué eran los jeroglíficos egipcios», le escribió a una persona que dudaba del mormonismo en 1971. Además, le escribió a otro: «En este momento me inclino a pensar que todos aquellos que afirman ser ‘profetas’, incluido Moisés, no estaban en comunicación con la deidad».

Esta duda finalmente se extendió a la búsqueda arqueológica de Ferguson. En 1975, presentó un artículo en un simposio sobre la geografía del Libro de Mormón que describe el fracaso de los arqueólogos para encontrar plantas, animales, metales o escrituras del viejo mundo en Mesoamérica. «La implicación real del artículo», escribió en una carta el año siguiente, «es que no se puede establecer la geografía del Libro de Mormón en ningún lugar, porque es ficticio».

Aunque abierto acerca de sus dudas en sus cartas privadas, Ferguson no discutió de su pérdida de fe con su familia. Continuó asistiendo a la Iglesia, cantando en el coro, e incluso, dando bendiciones. «[Los mormones] están tan inmersos en esa cultura… [que] perder tu fe, es como si estuvieras siendo expulsado del Edén», dice Coe. «Me sentí mal por él».

Ferguson continuó visitando México y de vez en cuando se detenía en la sede de la NWAF en Chiapas, donde habló con franqueza con Clark en 1983. «Le molestaba que pasara tanto tiempo tratando de probar la veracidad del Libro de Mormón. Dijo que era un fraude», recuerda Clark, que es mormón. El mes siguiente, Ferguson murió de un ataque al corazón mientras jugaba al tenis. Tenía 67 años.

En una tarde reciente en la sede de la NWAF los académicos caminan entre edificios, galerías y un patio lleno de flores y árboles cítricos. El arqueólogo de la UCLA, Richard Lesure, estudia las cerámicas que excavó hace veintisiete años en Paso de la Amada, en la costa de Chiapas, donde se encuentran las primeras canchas de pelota conocidas de Mesoamérica y residencias de élite. Con el apoyo de la NWAF, Lesure ha pasado casi tres décadas estudiando por qué los cazadores-recolectores nómadas e igualitarios se establecieron aquí y crearon la sociedad compleja más antigua en Mesoamérica alrededor del 1900 a. de C., antes de que incluso los olmecas subieran al poder.

En el piso superior, Claudia García-Des Lauriers, arqueóloga de la Universidad Politécnica Estatal de California en Pomona, observa cómo un estudiante universitario coloca cuidadosamente un silbato cerámico con forma de comadreja en los delgados rayos láser rojos de un escáner 3D. Los investigadores están creando una versión digital del objeto ritual, que García-Des Lauriers descubrió en el sitio del período Clásico de Los Horcones en la costa de Chiapas. Mientras tanto, en el patio trasero, Clark dirige una improvisada lección de tallado de pedernal, utilizando piezas de obsidiana esparcidos por el césped.

«Es un lugar tan estimulante para trabajar», dice Janine Gasco, arqueóloga de la Universidad Estatal de California en Dominguez Hills, quien comenzó a trabajar con la NWAF en 1978. «Ha sido una fortaleza en mi vida».

En los años posteriores a que Ferguson se alejó de la Iglesia y la fundación NWAF continuó liderando excavaciones, financiando a estudiantes graduados, publicando una cantidad impresionante de datos sin procesar y almacenando colecciones arqueológicas. Gracias a su trabajo, una región que una vez pareció un remanso arqueológico en comparación con el cercano corazón maya clásico en Yucatán, Guatemala y Belice, se ha revelado como el lugar de nacimiento de la civilización mesoamericana y un lugar económico y cultural, donde gente de todo el mundo La región se cruzó por caminos. «No sabríamos nada de Chiapas [central y costero] si no fuera por la [NWAF]», dice García-Des Lauriers.

«Su trabajo preparó el escenario para todo lo que he hecho», dice Rosenswig, de SUNY Albany, quien dirigió las recientes excavaciones en Izapa para estudiar los orígenes de la vida urbana en Mesoamérica. Cuando su estudiante graduada Rebecca Mendelsohn, ahora posdoctorada en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales en la Ciudad de Panamá, excavó en Izapa en 2014, el mapa original de los montículos y monumentos de la NWAF sirvió como una vital referencia de campo. «Me ha sorprendido lo bien que hicieron el trabajo en la década de 1960», dice.

La NWAF sigue siendo administrada por BYU, lo que significa que su financiamiento proviene de la Iglesia mormona y todos sus directores han sido mormones. Pero aparte de la prohibición del café en la sede, los arqueólogos que trabajan allí apenas notan las raíces religiosas de la fundación. «No hay conversaciones sobre religión», dice Gasco. «La comunidad arqueológica tiene mucho respeto por el trabajo realizado aquí».

Ferguson había esperado que la costa de Chiapas se convirtiera en un punto clave, no solo para Mesoamérica, sino también para el mundo. Pero mientras más excavaron y analizaron la NWAF y sus colaboradores la región, más confirmaron que la civilización mesoamericana tuvo sus orígenes enteramente dentro del Nuevo Mundo. Para los arqueólogos de hoy, eso hace que el campo sea aún más emocionante. «Esa es una de las cosas más asombrosas sobre el estudio de la arqueología mesoamericana: es un caso, de media docena de casos, de desarrollo independiente de la agricultura, desarrollo en complejidad, desarrollo de las ciudades», dice Rosenswig.

Es difícil saber si Ferguson habría compartido esa emoción. A pesar de su confianza en la ciencia, su objetivo era servir a su fe. Algunos mormones creyentes aún leen sus libros y confían en sus primeras y entusiastas ideas sobre Mesoamérica. Otros que llegaron a dudar de su religión también encontraron esperanza en su historia. Su pérdida de fe les dio convicción y fortaleza cuando iniciaron su propio viaje por un camino difícil, como lo demuestran las muchas cartas llenas de angustia que le escribieron en sus últimos años.

Pero es su legado científico, desde hace mucho tiempo no reconocido, es lo que, quizás, sea lo más significativo. «Los hechos son los hechos y la verdad es la verdad», Ferguson escribió una vez sobre la evidencia arqueológica del Libro de Mormón que, seguramente, estaba a punto de ser descubierto en el sur de México. Su creencia en ese principio nunca vaciló.

Autora: Lizzie Wade

Traducción: David

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